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En el jardín de las bestias

Este artículo es una víctima más de mi insuperable incapacidad para estirar el tiempo. Manuscrito el pasado 5 de enero en la barra de un bar sobre las páginas cuadriculadas de mi bloc rojo de notas con goma a-la-moleskine pero de tapa blanda, no he sido capaz de transcribirlo aquí solo hasta hace un rato. Hoy es 24 de enero y toca empezar a hacer hueco en el desván de las anotaciones perdidas…

No suelo deleitarme con la no-ficción. Afortunadamente, y lectúricamente hablando, no soy residente en EEUU, país en el que el género mis memorias personales, mi historia personal, mi drama personal, mi experiencia personal, mi visión personal y otros mil millones de (por lo general) aburridas circunstancias personales hechas libro han terminado invadiendo sin opción ni de réplica ni de defensa el terreno exclusivo del lector de toda la vida, minoritario ya frente al lector de perfil VIPS o kiosco de aeropuerto. Con todo el respeto que el resto del mundo merece: no consigo colegir que haya alguien dispuesto a pagar 20 dólares o incluso más por un producto impreso que lleva en la portada a Justin Bieber o a Ricky Martin, a Condolezza Rice o a cualquier otro de los Kennedys que aún viven aunque sean de quincuagésima generación, a la última y superdelgadísima ganadora de Operación Triumph, a ese pedazo de tostón llamado Oprah sólo comparable a esa otra inefable señora conocida por AR cuyo apócope se parece demasiado a una precuela de arse… y que, además, se atreva a esgrimirlo entre sus manos en el metro o en el autobús sin ningún tipo de forro, mostrando impúdicamente con qué tipo de veneno ha accedido voluntariamente a destrozar su sesera. Pero allá cada uno con sus esfínteres.

En resumen: que la no-ficción, además de sufrir un doloroso y antiartístico lenguaje robotizado repleto de infantilismos y de analfabetas incorrecciones por poner sólo dos ejemplos, de objetiva no suele tener ni la hache y suele estar prostituida sin paliativos y escorada sin ningún tipo de pudor. Curiosamente, si hablamos de historia, economía, sociedad, divulgación… el único lugar en el que encontrarás un refugio de honestidad y objetividad es en los géneros de la lista de ficción! Los autores auténticamente creadores consideran que la documentación y la investigación es la única base posible para establecer un escenario objetivo en el que situar sus tramas y se esfuerzan por mantenerse a la conveniente y mínima distancia que garantiza una dosis suficiente de verdad, imprescindible para que el motor del subtexto funcione. Y punto.

Llevo meses escuchando hablar de Erik Larson, después del importante éxito en los mercadillos internacionales de su Diablo en la Ciudad Blanca (The Devil in the White City). Hasta los críticos han inventado un nuevo término para definir, muy acertadamente, su exitosa receta literaria (historia novelística). Así que lo cogido entre las manos y lo he leído. Y la experiencia de lectura es fantástica, he de decir. Sin desvelar demasiados detalles, hay que reconocer que el modelo literario de Larson está excelentemente depurado y que, sin duda, tiene el don. En el jardín de las bestias no sólo se deja leer: a pesar de que la premisa es simple (un recuento de los años que William Dodd ocupó el cargo de embajador norteamericano en el Berlín del Hitler pre-más bestia con el trasfondo del asunto judío) y la historia objetiva de aquellas coordenadas socio-históricas ya es sobradamente conocida, la habilidad artística y literaria de Larson entrega una especie de thriller documental en papel lleno de intriga, de rencillas, de sorpresas, de revelaciones y de personajes ampliamente revisitados aunque desde una nueva perspectiva. No todo es perfecto en la vida de Dodd: su atontada y melindrosa esposa, su querida aunque algo sueltecita hija Martha, sus corruptos y multifacéticos enlaces gubernamentales, sus monstruosos partenaires en medio de todo aquel espectáculo nazi… Es precisamente la perspectiva auténtica, imperfecta, despeinada y poco maquillada de las vidas de los Dodd la que convierte esta historia en una enciclopedia ficcionada repleta de verdad de la buena. Sin florituras y sin adornos. Terminó ya esa versión inventada de la vida en la que la gente se despierta por la mañana y salta de la cama perfectamente vestida, planchada, peinada y sin arrugar.

Atención. Es un page-turner inesperado. Hipnótico sin remedio.

En el jardín de las bestias es un libro absolutamente leíble. Erik Larson moldea la Historia sobre el patrón de la mejor ficción. Y funciona muy bien.

En la fila de pendientes de lectura ya tengo El diablo en la ciudad  blanca. Una intriga también documental ambientada en la Exposición Universal de Chicago de 1893 con un asesino en serie enfrentado a un arquitecto que hará todo lo posible por que el proyecto de su vida no se derrumbe…

PS: No debería dejar de comentar el buen trabajo de la dirección artística de la editorial. Las portadas de los libros de Larson son auténticamente evocadoras y realizan una función de preload emocional de sobresaliente. Chapó.

PS bis: Por cierto, DiCaprio estará en la adaptación cinematográfica de white city. Y Tom Hans, en el jardín.

Diario LW

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