Para empezar…

Te invito a que, antes de avanzar más, te dediques cinco minutos y disfrutes de esta lectura. Es EL AÑO DEL TIEMPO TONTO de Gianni Rodari, un sugestivo autor italiano en cuya sencillez aparente se esconden toneladas de auténtica maestría creativa y de visión.

¿Sabes con qué frase concluye el cuento?

… y todo volvió a la normalidad. Todo menos nosotros.

Bienvenido a Artematopeya.

> EL AÑO DEL TIEMPO TONTO
de Gianni Rodari

La historia que les voy a contar es una historia de mi pueblo, que se llama Locostoy y es famoso por dos especialidades: las acelgas arrugadas y los embusteros.

Aquel año, el viejo del pueblo profetizó que el tiempo se pondría un poco tonto.

Dijo que se había dado cuenta por tres señales:
– Las mariposas, que siempre pasaban por el pueblo volando, este año lo habían hecho en tren; el jefe de estación había visto dos vagones llenos.
– Las cerezas venían con retraso; a las que quedaban en las ramas, había empezado a crecerles barba.
– A los viejos no les dolía ningún hueso; por el contrario, todos los niños tenían la gota y las niñas reuma.

El viejo dijo que todavía no habíamos visto nada, que aquello no había hecho más que empezar.

Bien, pues en febrero ya era primavera. Todas las margaritas florecieron en una sola mañana. Se escuchó un ruido como de un paraguas gigante al abrirse, y ¡zas!, todas en sus puestos. El polen salía volando a chorros de los árboles. Todo el pueblo estornudaba, y se produjo una epidemia de una extrañísima alergia: a algunos se les hinchaban las narices y a otros les brotaba un picaporte. La fruta maduraba de golpe: te adormecías bajo un manzano verde y despertabas cubierto de mermelada.

Luego le tocó a la lluvia montar el numerito. Llovía sólo durante una hora al día, pero siempre en el mismo lugar: sobre la casa del alcalde. Después, la nubecita se marchaba de paseo de aquí para allá sobre el pueblo y, en cuanto veía a algún sombrero con pies, ¡zas!: le freía la cabeza con un rayo.

Después llegó un viento perfumado y afrodisíaco. Cuando soplaba, la gente se embriagaba y corría tras cualquier matorral de dos en dos, de tres en tres, hasta en grupo. El cura estaba desesperado. Un día, mientras perseguía a una pareja a la que había sorprendido en plena sacristía, le pilló por banda una ráfaga de viento y lo encontraron horas después en un pajar con una fiel. Bueno, una fiel… aunque no tanto.

En abril, de repente, llegó el verano. Cuarenta y siete grados. El grano maduró y, en dos días, apareció cocido. Se recogieron doscientos quintales de barras de pan de los campos. Hacía tanto calor que los huevos se freían no sólo en el techo de los coches. Se freían, directamente, en el culo de las gallinas. Las pobrecillas estornudaban y, por la mañana, encontrábamos la pared del pajar llena de tortillas. El riachuelo se secó de un soplido, y los peces tuvieron que refugiarse en las bañeras y no había manera de sacarlos de allí; no quedaba otra que ducharse con una trucha por la mañana. El sol incendiaba los sombreros de paja, así que hicieron otros de chapa ondulada. Un día, se plantó allí el ejército para ver que estaba pasando porque un piloto militar había avisado de una invasión extraterrestre.

Después, sin aviso previo, comenzó a granizar. Siempre empezaba con dos o tres truenos, luego se escuchaba una vozarrón que decía “¡halaaaaa! y empezaban a caer granizos como melones. A nosequién le cayó uno con forma de ensaimada, con el cadáver de un cuervo dentro; sin una sola arruga, por cierto.

Luego se nos vino encima un viento africano. La gente dormía por la calle o dentro del frigorífico enchufado con un alargador. El heladero trabajaba veinticuatro horas diarias y, después de toda aquella historia, terminó comprándose un rascacielos en Mónaco.

En otoño, por fin, cayeron las hojas. En concreto, cayeron dos: una en el jardín de la escuela y la otra en la plaza del ayuntamiento. El resto se quedaron pegadas como con cola a las ramas de los árboles y no se dejaban atacar ni con las tijeras de podar. Las uvas estaban maduras, pero saladas; saladas como arenques; así que el vino de aquel año sólo sirvió para condimentar barbacoas.

La temperatura se tranquilizó un poco y en noviembre llegaron, con retraso, las golondrinas. Un enjambre de nueve millones de pájaros. Nadie salía de casa por aquella algarabía de diez mil decibelios. Al final se marcharon las golondrinas y llegaron las cigüeñas. Dejaron caer sesenta niños chinos en pañales y continuaron su camino sin detenerse.

Después le tocó el turno a la niebla. No se podía ver más allá de la punta de la nariz. El único que podía caminar tranquilo era el cartero, el narigudo del pueblo. Andábamos todos con un faro antiniebla en la cabeza y a menudo, por la noche, nos equivocábamos de casa, lo cual, al fin y al cabo, no estaba tan mal porque siempre podías encontrarte con alguien nuevo en la cama. Lo más peligroso de todo eran los camiones que cruzaban el pueblo a ciento veinte, porque para los camioneros la niebla no es ningún problema. Al principio hubo que construir puentes de techo en techo y algún que otro subterráneo para que atravesaran el pueblo. Al final, acabamos hartos y decidimos construir un muro en medio de la carretera. Ya no se vio ningún camionero más; si acaso, algún pedazo aquí y allá…

Y llegó el invierno y de repente nevó durante veinte días seguidos. En un instante, el pueblo quedó cubierto por la blanca visita. Pero no perdíamos el ánimo. Íbamos por equipos a limpiar la nieve: los de Locostoy de Abajo la volcábamos en Locostoy de Arriba y los de Arriba nos la volcaban Abajo, de modo que la nieve siempre tenía la misma altura. Pero, por lo menos, entrábamos en calor con el ejercicio.

Héctor, el panadero, continuaba trabajando en calzoncillos porque los panaderos son atérmicos y cada mañana hacía la ronda en moto dejando el pan en cada casa. Para intercambiar información, nos hacíamos señales de humo y, por las tardes, nos contábamos los cotilleos del día. El que mejor los contaba era el bombero.

En el fondo, no lo pasábamos tan mal. Teníamos pan y el queso típico del pueblo; unos trescientos millones de calorías por loncha. Pero para los animales era otra cosa. Las vacas no tenían hierba para pastar y se negaron a darnos bistecs. Los pajaritos adelgazaron, igual que los zorros. Las comadrejas podían pasar por los ojos de las cerraduras y los lobos bajaron al valle y luego hasta el pueblo y los pillábamos en la cocina con las pantuflas entre los dientes, a aquellos rufianes.

Mientras tanto, la blanca nievecita de los cojones continuaba cayendo y muchos de nuestros vecinos quedaban aislados. Se decía que arriba, en el monte, veinte familias no tenían apenas víveres y comían sólo alubias. Nos causó una duda atroz porque allí, en el monte, había una familia que se llamaba Alubia. Así que nos acercamos a ver si se habían comido a alguno de ellos. Pero no, allí sólo se comían alubias con a minúscula. Eso sí, como estaban los cincuenta en la misma habitación para ahorrar leña, con aquella dieta se escuchaban tales pedos que casi se podían cazar con una red de pescador y, más que una emergencia, parecía un escuadrón de bombarderos en plena guerra.

Al final del año, la nieve había alcanzado los siete metros de alto, y el panadero se había quedado sin harina. Así que pedimos ayuda a la ciudad y nos enviaron tres helicópteros. No es que fueran gran cosa para comer. Si acaso, la tela de los asientos. Estábamos al límite de nuestras fuerzas cuando el viejo del pueblo sentenció que el único que podía salvarnos era Ufizéina.

Ufizéina era un mecánico que sabía arreglar todo, desde una grúa hidráulica a un biberón, y ningún vecino podía recordar un estropicio que le hubiera puesto en dificultades. Le explicamos el problema, que no era ni más ni menos que reparar el tiempo. Ufizéina lo pensó un poco y dijo: “si está roto se arregla”. Estudió la situación, agarró unas tenazas, dos trozos de lona, un poco de masilla y una bomba, y desapareció en el horizonte.

Por la tarde ya estaba de vuelta. Explicó que el problema era sencillo: el sol, viniendo desde el amanecer, había quedado enganchado en un árbol astillado por un rayo, y se había pinchado. Estaba allí mismo, del otro lado de la montaña, tan deshinchado que daba pena verlo. Ufizéina le había puesto un parche y había encendido la bomba. Dentro de poco, volvería a estar inflado y habría vuelto a subir.

De hecho, así ocurrió, primero un poco flojo, luego redondo y resplandeciente sobre la montaña, recalentando otra vez a todos.

La nieve se derritió y todo volvió a la normalidad.

Todo, menos nosotros.

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