XXI Gala de los Premios de la Unión de Actores de Madrid

Además de unas cuantas cosas más, en Artematopeya también tienen cabida el arte y el talento. No por casualidad, la mitad que suscribe es coach, cantante y… actor de doblaje en desactivo (que no desactivado), miembro de la Unión de Actores de Madrid y entregado sin desaliento a la pasión del arte que, año atras año, ocupa su butaca en el Teatro Circo Price para ejercer un acto asambleario festivo de un colectivo que, si nadie consigue impedirlo, parece que seguirá estando contaminado sine die de ese infeable discurso del desastre que nos invade desde que el teatro es teatro…

A pesar de que lo digo y, al final, nunca lo hago, tengo una dolorosa querencia por la Unión y no me he desafiliado. La Unión es, en mi individual y personal opinión, una agrupación anticuada y rebosante de caspa. Sigue pareciendo un pequeño feudo de facciones que, con ocasión de premios y demás celebraciones, exhiben dentadura y se congrafunflan, parafraseando a Martes y 13, de todo a pesar de que, en la retaguardia, vuelen los puñales. Pero, en el día a día, no termina de conseguir estar a la altura de nada. Tras años de maniqueísmo directivo (o estás conmigo o estás contra mí), la nueva junta directiva elegida hace unos meses, aparentemente renovada pero igualmente retrógrada según evidencian todos los indicios y algunos vocales heredados, se ha empeñado en hacer que se vea una pretendida voluntad de renovación, de innovación, de modernización y, sobre todo, de profesionalización. Profesionalización entendida como voluntad de multiplicar la calidad en la forma de hacer las cosas para producir un mejor producto. Pero no es verdad. No hacen más que convocar comisiones y grupos de trabajo en los que muchos expresan nuevas (y mucho más jóvenes) propuestas para que, al final, se siga haciendo, con la misma mediocridad, lo antiguo y poco que a la directiva le cabe en su estrecho foco visual, que es lo mismo de siempre.

Cuando traspasas el umbral de Marqués de Valdeiglesias 5, piso primero, sigue oliendo a naftalina. Porque la Unión sigue pareciendo la reserva espiritual del jubilado, de las generaciones doloridas que se niegan a superar el franquismo mental, de algunos actores en paro con suerte por poder ejercer, medianamente y sin demasiados conocimientos, un trabajillo administrativo en la Unión al que se aferran con uñas, dientes y hasta pestañas… Así ocurre lo que ocurre: que los actores afiliados no entienden por qué el trabajo de la Unión, continua (y erróneamente) dedicada a intentar reafirmarse con poco éxito y menos visibilidad como sindicato de clase, nunca se materializa en nada. Mucho discurso de que los actores, por huevos, son seres rojos. Mucha insistencia en que la Unión de Actores es un legítimo representante social. Mucha insistencia en que la Unión es la amalgama de la profesión.

¿A quién no le puede parecer bien que una sociedad sea justa, igualitaria y bienestable? ¿Quién puede no querer que la cultura y el arte, motores emocionales de la vida, sigan palpitando? ¿Quién puede no querer que todo el mundo tenga la oportunidad de hacer lo que más le guste y vivir de ello, ya sea subirse a un escenario, tocar el pito en un semáforo o escribir libros sobre el mono de culo rojo, por ejemplo?. Efectivamente, a todos. Pero eso no implica, por mucho que la Unión se empeñe en propagar este discurso, que el arte tenga que ser la puta de ninguna politica. Y, menos, de ninguno de esos nidos de apandadores llamados partidos políticos españoles.

Vicente Cuesta, reciente secretario general de la Unión, se desvirgó en las lides galísticas durante la entrega de premios de ayer lunes 18 de junio de 2012. Con los nervios naturales de toda primera vez, Vicente sufrió un lamentable gatillazo que ni siquiera le pasará factura en adelante porque su todavía breve cartera no ha sido capaz (por no decir que ha sido incapaz) de mostrar ni un carisma, ni un poder de convocatoria ni una habilidad para el liderazgo que puedan verse afectados negativamente. La mayoría de los actores afiliados a la Unión lo son porque es un gasto desgravable en la declaración de IRPF y no les cuesta ni un duro. Pocos lo están por convicción, por espíritu gremial o por inquietud real de liderazgo. El discurso absolutamente continuista, aburrido, retrógrado y emocionalmente venenoso que, tras 50 años, le sigue llegando a las generaciones artísticas modernas es puro y auténtico chino mandarín. El franquismo, la memoria histérica (perdón, histórica), el no a la guerra, el todo está fatal, el con la que está cayendo, el todos somos rojos porque lo dice la Unión… Todo eso está muy bien y nadie está orgulloso de ello. Punto. Tampoco hace falta estar insistiendo a cada segundo en el mismo asunto porque el personal termina hasta la punta del gorro. Y así ocurrió, que tras unas pocas y nerviosas palabras, el foro le espetó en directo: esto es una fiesta, deja ya de hablar de política. Y Vicente asumió que no ha tenido ningún éxito, ni lo tendrá, en hacer que se nos ponga dura con su candidatura. Habrá que ver si, a partir de ahora, empieza a hacer acopio de tornillos y blacandéquer para sujetarse firmemente a la silla y aburguesarse, como ya es tradición en nuestra querida y cada vez más elefántica Unión.

Vicente sabe, de muy buena tinta, que el aperturismo de su nueva directiva es una engañifa. Que la convivencia de diferentes perspectivas es inexistente porque en una entidad cuyo único fin manifiesto es el de ser reconocida, por encima de cualquier otra consideración, como sindicato de clase es imposible que los que no comulguen con ese propósito se sientan arte y parte si no hay tramas complementarias en esta telenovela. La mayoría de los actores afiliados tiene que ver la corrida desde la barrera, porque la única visibilidad de la Unión, que no se destaca precisamente por sus habilidades en el terrno de la comunicación, se traduce en un mediocre boletín digital de aspecto desganado que casi todos hemos relegado a la carpeta de spam por motivos obvios y, en época de manifestaciones, en unas cuantas señoras con eterno semblante de mala ostia y unas lenguas muy largas que se hacen fotos detrás de pancartas en contra de todo. Esa es la imagen que tiene la sociedad de los actores, por extensión de su pobre representación pública: unos señores (y señoras) que se levantan tarde, que cobran fortunas por trabajar unas pocas horas al mes, que viven continuamente de gala en gala y que, encima, se permiten el lujo de ser unos bordes con cara de culo. ¿Dan o no dan, ganas de bajarse de esta carraca de autobús?

La profesión de cómico, artista, actor o cómo la quieran llamar es muy necesaria. Pero necesita de representantes más profesionales en la gestión, capaces de mirar hacia el futuro y que sepan proponer y materializar iniciativas creativas positivas, productivas y, sobre todo, que funcionen. De cualquier manera, pero que funcionen. Así que, ya sabes: si eres actor o actriz, afíliate. No te costará nada porque lo puedes desgravar de tu IRPF y, por lo menos, si somos más los que queremos proponer una nueva visión sobre la profesión, crecerán las probabilidades de que otras voces puedan empezar a ser escuchadas.

Y se preguntarán ustedes: pero este artículo se titula XXI Gala de los Premios de la Unión de Actores de Madrid y ni una mísera fotografía de los premiados.

Lo cierto es que la Unión siempre se ha dolido públicamente de que no recibe apoyo de los medios, de que la Gala no se transmite ni en diferido, de que son víctimas de un ostracismo informativo insoportable… pero a la hora en la que ha sido escrito este artículo no circula por internet ni un solo fichero de libre distribución con, por ejemplo, la foto de familia de los premiados. Y, así, no hay manera, Vicente. La búsqueda premios union actores 2012 en google sólo ofrece fotografías de la Gala XX…

Lo mejor de la gala: Ron Lálá (www.ronlala.com), una compañía de música, humor y teatro fantástica que ofreció un espectáculo divertido, refrescante y con destellos de genialidad. Para variar.

Lo más agradecido: la brevedad de la gala. Dos horas escasas y un buen ritmo.

Lo más egocéntrico: una soberbia Concha Velasco ofendida porque Asunción Balaguer, dulce y longeva actriz en activo y en maravilloso estado de gracia,  recibiera un merecidísimo premio funcional como mejor protagonista de teatro por El pisito y, ella, sólo un premio honorífico (y encima a toda una carrera…). A pesar de todo, Manu (ela Velasco), su sobri, nos sigue encantando…

La cadena: la 1 de TVE. Sus productos de ficción han sido los auténticos vencedores de esta edición demostrando que también existe un mercado para la inteligencia y que hay vida más allá del teta-culo.

El actor: Asier Etxeandia. Un ganador intratable.

La actriz: Ana Wagener. Tacita a tacita, un pedazo de actriz que quedará en la historia de la interpretación española.

Lo más bonito de la Unión de Actores: Alicia Borrachero, a la que aún le tiene que llegar la oportunidad de mostrar sin anestesia el pedazo de actriz que en realidad es.

La protagonista ausente: Blanca Portillo, premiada sin cartera por su verdadero liderazgo sin florituras y sin excusas en la escena española. Quien quiere, puede…

Lo más aburrido: lo de siempre, el discursito del Secretario General y las apostillas como quien no quiere la cosa de Pilar Bardem,  superando incluso al tradicionalmente soporífero Jorge Brosso de otros tiempos.

La directiva invisible: la otrora omnipresente Amparo Climent. Por fin se respira buena onda en el foyer…

Lo demás: lo de siempre.

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Acerca de Artematopeya

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Publicado el 19 junio, 2012 en Artematopeya, Cine, teatro, literatura y arte, Ludotopeya, Música y energía. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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