Feeling good

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El que vale, vale. Y en una industria, la musical, en la que todavía se valora más la simple capacidad fisiológica de escalar tonos hasta los límites de lo imposible por encima de la artematopéyica habilidad de emocionar navegando por los rangos medios, que Michael Bublé haya sabido convertirse en el único artista que hace lo que hace en pleno siglo XXI tiene demasiado mérito.

Que el aparato de producción de la gira sea tan espectacular como efectivo no tiene ya demasiado secreto. Hemos terminado por acostumbrarnos a que los 60 euros de una entrada para cualquier gran espectáculo a la americana dan para mucho: un Palacio de los Deportes que ha terminado por aprender a ajustar su sonoridad a las necesidades de la música en directo; una amable logística tan perfecta y tan sobrada (enhorabuena a la producción local) al servicio del espectáculo y del público y no al revés como suele ocurrir en la mayoría de las producciones del patético elenco de medianías nacionales cuyo concepto de producción de calidad se limita a un puñado de insufribles matones de medio pelo que no sirven más que para poner cara de culo al personal y cuya función es la de incomodar, molestar y hacer que el público termine por desear no haberse gastado un puñetero euro en semejante calvario; un equipo humano nada escaso (por no decir sobredimensionado) y a la vez invisible que supo hacer su trabajo sin interferir ni en la comodidad ni en el disfrute de un personal con muchas ganas de disfrutar; un merchandising discreto y en absoluto invasivo; un plan de seguridad y de evacuación magistral y tranquilizador: desde la zona de pista a la calle, 3 breves minutos a pesar de las 12.000 personas que abarrotaron el Palacio…

Pero, y de la música, ¿que?

Pues cuando lo circunstancial está pensado para que te lo pases tan bien, el disfrute se multiplica por dos. Y así fue. Bublé es tan cantante como hábil canalla, en la mejor línea rat-packiana de los Ocean’s Eleven, y el Palacio de los Deportes de Madrid se convirtió en el auténtico club de la era del technicolor.

Con un repertorio ganador, con una maestría vocal sin fisuras, con una banda sencillamente es-pec-ta-cu-lar, con un diseño escénico más es-pec-ta-cu-lar aún, con un Bublé tan bien entrenado en lo expresivo y en lo verbal, con un público entregado con tanta energía y con semejante buen rollo perfumando el ambiente, el éxito estaba más que asegurado.

Bublé sabe bañarse en el público, sabe tirar anzuelos, sabe emocionar y, sobre todo, sabe cantar. Es la prueba viviente de que los rangos vocales medios y sus colores también pueden emocionar. Y de eso se trata, ni más ni menos.

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Publicado el 1 noviembre, 2010 en Artematopeya, Cine, teatro, literatura y arte, Música y energía, Talento, arte y creatividad, _Persuasión & comunicación. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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