¿Estamos todos locos o qué?

Hace muy pocas semanas, en una pared del servicio de urgencias del Hospital de Alcorcón, me estampo las narices contra esto:

A una distancia de unos 10 metros, pegado con celo por las esquinas, un aviso similar sobre una puerta (sucia y cochambrosa, para más señas; como casi todo en ese imbécil hospital, por otra parte), esta vez, del servicio de enfermería:

Digo yo que, si así de clarito está escrito, por algo será. Por ejemplo, porque en la misma noche en la que pacientemente acompaño a mi dolorido padre durante más de siete horas mientras esperamos a que sea atendido de un insoportable dolor en un pie repentinamente hinchado como un balón de pilates y recubierto de una piel púrpura, brillante y a punto de rasgarse por veinte sitios, pudimos ser testigos directos de cómo un médico casposo, arrogante, egocéntrico y con maneras de dictador bananero exigía de un enfermero su absoluta, total y exclusiva dedicación aún a expensas de la atención debida por el asistente a los pacientes que pacientemente esperaban en aquella sala de espera. Lo mejor de todo es que aquel matasanos bocazas y malencarado no estaba en turno de ejercicio sino que acudía al hospital como usuario.

Lo peor (o lo mejor, según se mire) es que, después de pasar los filtros de admisión, de catalogación y etiquetado de pacientes y de consulta de enfermería sin haber conseguido que ninguno de los empleados del turno se sintiera en absoluto impresionado por su desmedido e infantil ego, su condena a tener que estacionarse durante unas cuantas horas en la sala de espera, como todo hijo de vecino, se terminó saldando con el consabido usted no sabe quién soy yo seguido de una infumable rabieta, ridícula en una persona de semejante edad y supuesta madurez, previa a que el buen doctor cogiera la puerta no sin antes amenazar en voz bien alta con que se marchaba y que se atuvieran a las consecuencias. Un número de circo en toda regla en medio de una sala de espera a rebosar de gente con todo tipo de dolores, olores y colores.

Menos de treinta minutos después, el mismo buen doctor apareció de nuevo en el cementerio de enfermos que parecía aquella sala de espera, acompañado de un directivo del hospital (¿directivos de hospital?) y por sus santas pistolas fue atendido inmediatamente de su estúpida molestia, obligando a varios enfermeros y a dos o tres médicos a interrumpir por decreto lo que estuvieran haciendo. Tras su urgente tratamiento de urgencias, que duró unos quince minutos, el buen doctor se despidió con largo paseo por la zona de espera, caminando bien despacio con las manos en los bolsillos y una sonrisa desafiante que iba dedicando a cada uno de los que allí estábamos como saludo de despedida mientras se acercaba a la puerta de enfermería para recuperar su abandonado portafolios antes de marcharse con viento fresco…

Con la edad he aprendido a que no se puede tener la mano demasiado larga cuando mides dos metros y además eres un peso pesado. Por tu propio bien. Y cuando hay tanto aviso de persecuta policial a la vista es porque será realmente necesario, por el motivo que sea. Pero con este buen doctor hubiera hecho un extra…

No se puede entender que nadie quiera meterle dos puñetes a personas que hacen todo lo posible por aliviar dolores y subsanar enfermedades ajenas. De hecho, en el estado del bienestar, dedicarle atención a un sanitario es una inversión completamente egoísta; una inversión en uno mismo. Pero en algunos casos excepcionales, como éste, está justificado meterle dos buenos bofetones. Aunque sea de forma simbólica. Como puede ser la de pegarle con un trozo de esparadrapo en la cara de su portafolios que miraba a la pared un aviso hecho a mano y con un rotulador prestado que decía:

Por favor, no sea conmigo tan déspota, violento y
egoísta como yo lo soy con el resto del mundo.

Las caras de silencioso descojone de los pacientes pacientes mirando como el buen doctor se dirigía hacia la salida haciéndose el importante y sin percatarse de lo que llevaba colgando en la cara vista de su maletín, lo mejor de la noche.

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Publicado el 16 junio, 2010 en Artematopeya, Nacho A. Llorente, _Persuasión & comunicación. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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