Aprieta el botón

Uno de los hechos que más me sorprende sobre el estado-del-arte del sistema en el que se ha convertido la civilización humana es el monstruoso y gigantiásico número de personas que emplean cuarenta horas de su tiempo a la semana en un trabajo que desprecian o en un trabajo que, vaya, no está mal pero tampoco les satisface especialmente o en un trabajo que les gusta hacer pero que les exige dejarse la piel en cada minuto para conseguir que produzca beneficios (mientras que, en silencio, no dejan de pensar que, cualquier día de estos, no podrán aguantarlo más y tendrán que abandonarlo para buscarse otro).

Y yo no hago más que preguntarme:

¿Por qué motivo, con qué objetivo, querría NADIE
dedicar la mayor parte de su día a
hacer algo que detesta tanto o que, sencillamente,
no le hace verdaderamente feliz?

Si piensas un poco sobre ello, estarás conmigo en que es un status-quo completamente absurdo e incongruente. Pero, para la mayoría de la gente, la respuesta es demasiado obvia y sencilla: necesitan generar el dinero bastante con el que poder pagar sus facturas, sus deudas, su consumo…

No creo que me equivoque tanto si aseguro que el 99,99% de las personas, por no llegar al 100%,  elegiría abandonar INMEDIATAMENTE su trabajo actual si tuviera la opción. O, mejor dicho, si creyera que la tiene. O, mejor aún, si supiera que, en realidad y aunque no lo sepa o no sea consciente de ello, ya la tiene.

Tampoco creo equivocarme si me atrevo a asegurar que, con demasiada certeza, la mayoría de las personas tiene un gran sueño por cumplir; por supuesto, mucho más grande que aquello a lo que le dedican un tercio de su tiempo de vida.

Entonces…

¿por qué, simplemente, no dejan de
poner sus talentos y habilidades
al servicios de trabajos
en los que son simples y mecánicos gregarios y
empiezan a ponerlos
al servicio de su visión personal
y de su gran sueño?

Es muy sencillo. No cuentan con la suficiente certeza de van a ser capaces de generar los suficientes ingresos haciendo aquello que les gusta, aquello con lo que sueñan. Ésta es la única explicación lógica que se me ocurre para intentar comprender una elección con tan poca lógica.

O que la mayoría de la gente no se atreve a disfrutar de la vida haciendo lo que realmente les gustaría porque están programados por el sistema para procrastinar, para postergar, para vivir permanentemente en el estado sigo deseando. Nunca aquí y ahora. Sólo seré feliz cuando…

O que la mayoría de la gente carece de autoconfianza en su propia persona. Si también yo fuera capaz, como esos otros…

O que la mayoría de la gente no tiene tiempo suficiente para poner en marcha el mecanismo de la felicidad en su vida; su trabajo a tiempo completo no les deja tiempo suficiente…

O que la mayoría de la gente está hipnotizada por la cultura del primero necesito dinero o del cuando tenga suficiente o del cuando haya terminado de pagar la hipoteca o del cuando haya alcanzado la seguridad que necesito… y entonces nunca serán capaces de empezar a vivir disfrutando de todo su potencial.

O que a la mayoría de la gente le preocupa demasiado lo que dirá su rebaño si fracasa en su empeño, ya sea según su propio criterio o según el de los demás…

O que la mayoría de la gente se equivoca al enfocarse en objetivos que creen realistas y según el canon en lugar de hacerlo en lo que realmente quieren, en las ideas inspiradoras que sustentan sus objetivos personales reales: piensan en pequeño y, entonces, todos sus resultados son de idéntico tamaño; es decir: pequeños…

O que… sencillamente, LA MAYORÍA DE LA GENTE NO SABE EN REALIDAD QUÉ ES LO QUE QUIERE. Muchos se entregan al circunloquio del por lo menos ya sé lo que no quiero, que no es más que una estúpida excusa y una mentira inútil que no sirve, de verdad, para nada más que para alimentar tu frustración.

Si tuvieras la más incontestable certeza de que existe algo que te excita y te inspira con absoluta pasión y que te haría saltar literalmente de la cama cada mañana para poder dedicarte a ello… seguro que el hecho de recoger tus cosas y salir por la puerta sin volver a mirar hacia atrás no sería ningún drama para ti.

El hecho de sentarse con uno mismo y hacerse una sencilla pregunta es un acto de auténtica valentía:

¿Qué es lo que quiero para mí?

Cuando te hagas esta pregunta con la voluntad de ser congruente contigo mismo y de accionar en tu interior de forma más o menos consciente los mecanismos y las habilidades necesarias para cumplir con la respuesta que hayas elegido, estarás pulsando de una vez el botón que disparará el cohete de tu felicidad, sea la que sea y signifique lo que signifique para ti.

Lo peor, te lo aseguro, es no atreverse nunca a buscarse el botón.

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Publicado el 12 junio, 2010 en Artematopeya, Nacho A. Llorente, _Persuasión & comunicación. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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