Del pudor, del eufemismo y de la idiota hipercorrección

El lenguaje es una herramienta prodigiosa. Es un sortilegio que produce esa magia que permite, simplemente y si así se quiere, sólo intercambiar información y significados literales o, manejado desde una perspectiva más integral, establecer un canal de comunicación por el que no sólo viajen palabras en un sentido y en otro sino también sensaciones, pensamientos, sugestiones y contenidos invisibles al ojo humano pero capaces de impactar en el centro de operaciones de las emociones y de la cognición humana y poner en marcha los motores del mundo.

El lenguaje como sistema organizado de expresión y como habilidad de integración interpersonal es la tecnología más avanzada desarrollada jamás por la civilización humana.

Dicho lo cual procede preguntarse por qué hoy, en el minuto y segundo más moderno y vanguardista jamás vivido por nuestra civilización hasta el minuto y el segundo siguiente, sigue ocurriendo con creciente insistencia esa aberración conocida como hipercorrección además de aquella otra originada en el falso e hipócrita pudor y que viene a denominarse eufemismo.

De que el lenguaje es lo que es y que las personas lo saben, la prueba más absoluta reside en que hay demasiadas cosas que muchos no se atreven a expresar con palabras. Y no necesariamente limitado a la taxonomía de las partes del cuerpo o de la escatología. Para algunos, verbalizar la emoción del amor y decir te quiero es tan traumático que llega a convertirse en una convulsión física y tanto o más imposible que verbalizar cualquier cochinada o, mejor aún, demostrarla en público, como, por ejemplo, la de meterse un dedo en la nariz y extraer cuidadosamente un ejemplar de moco que terminará pegado en quién sabe dónde. Por cierto, qué tendrán los orificios corporales que, automáticamente, nos disparan una asociación de significado desagradable cuando no se emplean en el ámbito de lo sexual…

El caso es que, con demasiada y creciente frecuencia, se ha puesto de moda la payasada de transformar el limpio y sintético boca-boca en toda suerte de variaciones pudorosas del tipo boca-oreja, boca-oído, boca-a-oreja, de boca en oreja e, incluso, oreja-oreja. Jesús por dios, como diría una determinada Mónica que yo conozco.

Cuanto exceso de racionalización, de cerebro izquierdo, de factor crítico y de individuópatas sistemas de creencias lesivos y dañinos para el bienestar y la tranquilidad de las personas.

El boca-boca auténtico no es más que una reducción sintética de la locución de boca en boca como la que canta Niña Pastori: de boca en boca van, de boca en boca van saltando los rumores…  Cuanta porquería tendría en el cerebro el que (o la que) primero ideó la perversión boca-oreja si colocar en aposición dos instancias de la palabra boca fue suficiente como para provocarle el mismo pudor o prurito de decencia como el que provoca que, algunos, le llamen trasero al culo o pecho a una teta. Muchos diccionarios, también víctimas de una hipercorrecta estupidez pretendidamente asociada al factor de clase social, aclaran que la mayoría de las expresiones que usan del vocablo culo en España son vulgares y malsonantes, al igual que ocurre con el pedo en Argentina. Vaya, que, si por ellos fuera, te mandarían a tomar por el trasero en vez de mandarte a tomar por culo, que, dónde va a parar, es mucho más ordinario.

Todas estas aberraciones sociópatas se han transladado al lenguaje en la forma de la hipercorrección, generalmente asociada a personas cuya relación con la letra impresa es más bien escasa. Suelen mostrar una absurda actitud aspiracional de clase que articulan a través de una ridícula voluntad de estilo, hiperbólico y grandilocuente, que ellos (y ellas) asocian a un trasnochado concepto de elegancia, de estilo y de refinamiento que más que generar respeto sólo termina generando risa. Que para muestra un botón: Bibiana Aído, la pobrecita. O Leire Pajín, la pobrecita. Por ejemplo. O los del tipo Jesulín de Ubrique y familia, unos pobres cazurros (porque la falta de cultura es una auténtica desgracia) que podrían ser personas normales y corrientes, como somos todos los demás, pero que lo estropean cuando abren la boca.

Nunca tengas pudor en decir boca-boca. No seas dogmático ni fundamentalista con tu lenguaje. Es innecesario y, además, es ridículo. Muchos periodistas, políticos, publicitarios y hasta escritores son prueba fehaciente de ello.

El lenguaje está ahí para que te sirvas de él y para cumplir la función de que te puedas comunicar al nivel que elijas, transformándolo cuando y como lo consideres necesario. Cada persona es única y su lenguaje refleja su verdadero yo. Nunca fallarás si empleas tu propia versión del lenguaje sin complejos. Dime de lo que presumes y te diré de lo que careces no es más verdad que cuando se refiere a la utilización pretenciosa del lenguaje.

Sugerencia para entablar conversación con un hipercorrecto o con una hipercorrecta:

– Hola. ¿Te han dicho alguna vez que tu forma de hablar resulta estúpida y sólo demuestra que eres una persona poco culta por no mencionar tu frustración social?

Si me llego a cruzar con Bibiana Aido o con Cristina Kir(s)chner, por mis muelas que se lo suelto.

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Publicado el 27 abril, 2010 en Artematopeya, Con la lengua depilada, Nacho A. Llorente, _Persuasión & comunicación. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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