Las viudas de los jueves

Para gustos, los colores. Y Marcelo Pineyro no es mi color favorito. No ha hecho nada que merezca pena alguna desde Cenizas del paraíso. Y justificar el aburrido color gris de su lenguaje tirando de la excusa de la supra-segmentalidad es un recurso demasiado zafio hasta para un director capaz de avergonzar al ingenio y a la creatividad argentina. El éxito de Las viudas de los jueves en Argentina es fácilmente entendido a partir del escándalo social y económico tan estúpida, impune y provechosamente legislado por las pistolas de los Ki(r)schner. Pero el fresco cinematográfico sobre la desocupada vida de los countries argentinos no debería sorprender a nadie a estas alturas del sistema. Puede que, como letra de relato, las viudas sea un gran material. Qué opine quien lo haya leído. Pero, como película, no es más que una ensalada de oportunismos, interpretaciones desintegradas y un director muy aburrido y sin el don de contar por no hablar del de dirigir. Las viudas son dos espesas e interminables horas demasiado correctamente realizadas y repletas de argentinidad tópica y superficial que cansa tanto como el insistente cine español sobre la guerra civil.

Para ser una película de estrellas, la cosa no mejora demasiado en cuanto a cartel. Sin ninguna duda, ganan las chicas por goleada. Gloria Carra sigue siendo tan personal y efectiva como repetitiva en sus registros. Lástima. Ana Celentano, la mejor Andie MacDowell argentina de todos los tiempos, y Gabriela Toscano, a la que he descubierto en las viudas, son lo mejor del elenco junto a Leonardo Sbaraglia, brillante como casi siempre y con un ángel personal que consigue mantener intacto también en el cine internacional, para su fortuna.

Exactamente lo contrario es lo que le ocurre al supuesto estrellón de la cinta, ese actor argentino que nunca llegará a ser más que ese actor argentino. Pablo Echarri es un actor escasamente dotado, de sensorialidad desagradable, de habilidad expresiva pobre pobrísima y con la misma empatía que una olla exprés que hace muy bien en seguir optando por triunfar en Argentina en lugar de marcharse para fracasar en cualquier otro lugar del mundo.

Por cierto, ¿por qué Echarri se parece cada vez más a nuestro Imanol Arias? En lo físico, quiero decir. ¿Estará preparándose para un eventual Cuéntame bonaerense?.

Ernesto Alterio y Juan Diego Botto, argentinos de nacimiento y familia pero con carné de identidad español, aportan con su trabajo exactamente nada. Cero. Zzzzzzzz. Artificio y oficio invisible.  ¿Estarán mal dirigidos, acaso? ¿Por qué no mueven un bigote ni siquiera para intentar que su acento suene al menos un poquitico argentino en lugar de parecer dos aburridas setas noruegas que pasaban por allí?.

El papel de la nietísima Juanita “Mirtha Legrand” Viale, rebautizada como Juana Viale para la ocasión y para evitar suspicacias absolutamente justificadas, es discreto tanto en calidad como en minutos de pantalla. Enseña muy bien el culo y da gusto observarla pero, de habilidades, no va tan sobrada como de tetas.

Otra decepcionante piñeyrada, estas viudas. Con lo que hubieran podido dar de sí, un desperdicio.

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Publicado el 27 marzo, 2010 en Artematopeya, Cine, teatro, literatura y arte, Nacho A. Llorente, Talento, arte y creatividad. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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