Hablando de John Crowley

Como quiera que sea, todo esto aconteció hace mucho, mucho tiempo: el mundo, ahora lo sabemos, es como es y no de otra manera; si hubo alguna vez un tiempo en el que existieron pasillos y puertas, y fronteras abiertas y encrucijadas numerosas, ese tiempo no es el ahora. El mundo se ha vuelto más viejo. Ni siquiera el clima es hoy como el que recordamos de otras épocas: nunca en los nuevos tiempos hay un día de estío como los que rememoramos, nunca nubes tan blancas, nunca hierbas tan fragantes ni sombra tan frondosa y tan llena de promesas como recordamos que pueden estarlo, como lo fueron en aquellos tiempos. (John Crowley, Pequeño Grande)

Si mi amigo John Crowley escribiera el manual de instrucciones de una plancha o la etiqueta de una marca de mayonesa, merecería la pena leerlo. John tiene hoy 68 años, enseña escritura creativa en Yale  (john.crowley@yale.edu) y no es un escritor lo suficientemente popular. Su talento y su genialidad son abrumadores. Su capacidad creativa ha enriquecido la literatura en general y la ciencia-ficción (por utilizar una etiqueta) en particular con un componente rabiosamente culto y revolucionario sin abandonar ni la mesura ni la contención ni la maestría en el uso del lenguaje ni la inteligencia. John es uno de esos escritores cuya calidad y artematopeya están destinadas a ser degustadas sólo por una afortunada minoría precisamente porque no admiten etiquetas. Y punto. Generalmente, John aparece en las secciones de ciencia ficción, género del que yo, en particular, soy orgulloso degustador. Pero es que su obra pertenece al género único de la literatura absolutamente imperdible y maravillosa de la historia de la humanidad. John escribe de acuerdo a su propio canon y no pierde un segundo de su tiempo en jugar al juego de la clasificación comercial. Él se limita a escribir. Y de qué manera. Heredero del romanticismo literario y de la complejidad renacentista, su obra es una combinación de aventura, de relato, de lo sobrenatural, de lo hermético, de la magia, de la alquimia, de lo que el denomina la historia secreta o el lado secreto de la vida oculto a los ojos del que no sabe verlo. Y también de las emociones, de los sentimientos y del humor.

Si tuviera que elegir sólo un texto de entre toda la obra de John, simplemente tendría que renunciar a ello porque no podría. Little, big or the Fairies’ parliament (Pequeño, grande o El parlamento de las hadas, 1981) es una creación preciosa, completa, compleja, redonda y perfecta en la que no sobra una sola palabra. Una obra maravillosa que debería hacerle acreedor de un premio Nobel si acaso el Nobel es el sumum del arte de la literatura. Artematopeya pura. Great work of time (Magna obra de tiempo, 1989) es una novelita de unas 100 páginas sobre el viaje en el tiempo tan bien creada, tan bien imaginada, tan bien desplegada y tan repleta de genialidad que duele intentar imaginar cómo se puede ser capaz de encajar tanta sociedad, tanta cultura, tanto conocimiento, tanto arte y tantas emociones en tan poco espacio. En otras manos, podría haber terminado siendo un galimatías. En las manos de John, es una obra maestra. The translator (Traduciendo el cielo, 2002) es el magistral relato de la historia de amor mejor escrita jamás en un escenario ficticio lleno de ambiguedades, misterios y política-ficción y literariamente soberbia. Engine summer (1979) es una muestra de cómo se puede pintar un cuadro empleando palabras. No se me ocurre de qué otro modo puedo describir esta obra maestra. Tengo pendiente de lectura Aegypt (Egipto), una gigantesca narración que medita sobre la búsqueda del conocimiento para intentar al menos arañar el concepto de la interrelación entre todas las cosas. Ha sido publicada en cuatro partes (Aegypt -1987, Love and sleep -1994, Daemonomanía -2000 y Endless things-2007) pero no puedo confirmar, al igual que con Engine summer, que esté publicada en castellano.

Me estoy quedando sin uñas esperando que llegue mi último Amazon con Four freedoms (Cuatro libertades, 2009).

Si puedes, lée a John en inglés. Sino, léelo en castellano. Pero léelo. Una vez que encuentres el camino secreto que lleva hasta su artematopeya, serás incapaz de escapar de ella. Porque toda descripción, toda reseña, es incapaz de ser ni adecuada ni suficiente.

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Publicado el 13 marzo, 2010 en Artematopeya, Cine, teatro, literatura y arte, Nacho A. Llorente, Talento, arte y creatividad. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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