Hacer como si

En pleno solsticio de energía dinámica, el que escribe intenta ensanchar el tiempo todo lo posible para terminar de perfilar, en un apartado rincón del Planeta Artematopeya, el enfoque de la que, en breve, será una nueva propuesta para maximizar el apoyo al actor aspirante para que consiga convertirse en profesional con las verdaderas herramientas que necesita y no sólo con aquellas cuyo conocimiento no le es escamoteado históricamente por el propio mundo profesional. Una nueva caja de herramientas que huye de los lenguajes rancios y más que amortizados de la elitista (y absolutamente lobbyista) clase gobernante del medio escénico y audiovisual que suele andar poco reciclada y que no es demasiado proclive ni al humanismo ni a la multitarea. No es que lo que los viejos y los profesionales comparten con los aspirantes no sea válido. Lo es, pero también es incompleto, obsoleto, parcial, rancio y, sobre todo, peligrosamente intrusivo sin ningún control sobre el aparato emocional de una especie tan propensa por naturaleza a la debilidad como la de los actores. Más de la mitad de los que ejercen la función de formadores de actores son analfabetos emocionales que se creen demasiado listos y su aportación se limita a mantener viva una infección que se propaga gracias al cultivo de la soberbia estúpida de los ignorantes de todo y maestros de nada. 

Es ajenamente vergonzoso escuchar en el discurso de actrices consagradas, como Carmen Elías, las pruebas de su incapacidad para recibir con un sencillo gracias el éxito derivado de la calidad de su trabajo. Y así ocurrió con los varios y múltiples premios que recogió por su trabajo en Camino. Es enfermiza su necesidad de regalarle a Juan Carlos Corazza los resultados de su propio éxito. Porque la que se coloca ante la cámara es Carmen Elías y sólo Carmen Elías. Programada para depender, programada para nunca ser completa en sí misma, programada para no dejar de sentir que nunca lo podrá hacer sola. Programada para fracasar.

El circuito de las raíces de hierba de la interpretación en España está especializado en la creación de actores programados para fracasar. Argumentos como la fama cuesta o condenado a sufrir son discursos que manipulan suciamente la verdad y cuyo objetivo no es otro que el de crear malsanas distorsiones de la realidad en las que el único para el que no se mueve absolutamente nada eres tú. Todos ganan algo; tú, nada y nunca. La profesión del actor no tiene nada que ver con el sufrimiento, con el esfuerzo estéril o con las eternas esperas. Y si eres actor y consientes en que te intoxiquen con estas y otras mentiras, entonces mereces el fracaso en el que estás inmerso.

La profesión del actor sí tiene que ver todo con manejar emociones, con disfrutar de sensaciones, con manejar los distintos códigos y lenguajes de la morfología personal para comunicarlas, con conectarse a niveles profundos y limpios con las personas ante las que se muestran, con aprender a crear realidades a partir de imaginación, sueños y pasiones y con descubrir el universo mágico que existe en torno a todo lo que tiene que ver de una forma u otra con el arte. Por eso, no debes consentir que te inouculen una visión del universo de la interpretación parcial, sucia, mentirosa y negativa que deje maniatada tu actitud y tu voluntad. Partiendo de un mapa tan emborronado y opaco, ¿cómo no va a ser normal que nunca llegues a un destino?

El que escribe es consciente, porque tiene ojos y orejas, de que el vecino planeta Cantera de Actores se encuentra pobladísimo de propuestas organizadas en torno a un endémico círculo vicioso del que, lamentablemente, el que menos participa, excepto en su necesaria función de entidad financiera a fondo perdido y sin intereses, es el propio actor. Centros de formación con pocos escrúpulos, profesionales ociosos reciclados en formadores inconscientes por ser vos quien sois, microexhibidores que alimentan una fantasía ingenua inexistente en la realidad y hormigas que no dejan de correr en círculos sin llegar a darse cuenta de que no son más que soldados que trabajan hasta la extenuación para llegar exactamente a ningún lugar…

¿Has pensado alguna vez qué sería de tantos centros de formación cuyo único aval es un nombre conocido en sus escrituras, de tantas salas del circuito alternativo cuya aportación al medio no es proporcional a la calidad de su trabajo sino únicamente al volumen de las subvenciones que recibe?

¿Te has preguntado alguna vez por qué nunca te has encontrado a ninguno de los grandes en los cursos a los que asistes tú?

¿Te has planteado alguna vez que quizás has elegido el entorno equivocado, el camino equivocado, la actitud equivocada, el maestro equivocado?

¿De verdad crees que unos cientos de euros y unas inútiles y estériles horas de clase son el pasaporte más adecuado para conseguir un trabajo que no valora tu talento sino la dimensión de tu servilismo y de la angustia generada por tus ganas, incontroladas y mal dirigidas, de crecer?

Si tú no eres capaz de valorarte a ti mismo, ¿cómo pretendes que alguien sepa, y quiera, valorarte?

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Acerca de Artematopeya

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Publicado el 15 febrero, 2010 en Artematopeya, Nacho A. Llorente, Talento, arte y creatividad, _Persuasión & comunicación. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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