De Benito Zambrano a Solas

El que escribe descubrió Solas hace la torta de años en un ataque inesperado de artematopeya y por las orejas. Ni siquiera sabía quién era Benito cuando escuché por primera vez aquel CD de edición barata en funda de cartón que cayó en mis manos junto a otros descartes de cierta emisora de radio principal y por obra y gracia de Marisol. Así que mi primer viaje al mundo de Zambrano empezó por las orejas y de la mano de Antonio Meliveo, un artista excepcional, maravilloso y emocionante de profunda raigambre artematopéyica (además de malagueña) a pesar de que ni él mismo lo sepa. El paisaje sonoro que con el que convirtió el sobresaliente estratosférico de Solas en una matrícula de honor cum laude es una subyugante creación de rara poética, un insistente canon de cuerda que significa la dureza y el llanto y que rompe el alma con contundencia pero con cuidado. Una caricia musical que hipnotiza. Pasados los años, y por esas cosas del destino, estuve a punto de poder fichar a su hija para un programa de televisión. El primero de una curiosa serie de crossovers que me vienen sucediendo desde 1999 en torno a Zambrano y a las personas y proyectos relacionados con él. Por eso sabía que terminaríamos encontrándonos tarde o temprano.

A pesar de su engañosa pequeñez morfológica, Solas es una gigantiásica película a la que nada le sobra y nada le falta. Sin duda, el genio de su guión es que es coherente hasta en lo que no está escrito. El genio de su realización es que hasta los silencios participan de la semántica del conjunto; nunca ha sonado así el ruido blanco. El genio de su dirección es que sus actores están en su punto justo de cocción, sin entregar ni más ni menos que lo que Solas necesita. Una extraña conjunción de afortunada perfección de naturaleza intuitiva o tal vez resultado de un esforzado trabajo; da igual. Solas respira llena de vida y la suma de sus partes multiplica exponencialmente el resultado. Una película artematopéyica por definición: canales sensoriales, estimulación emocional a rebosar de mensajes, escucha, observación, múltiples planos semánticos y múltiples capas de profundidad. Me quito el sombrero por el ala.

A estas alturas, nadie puede no haber visionado Solas.

El caso es que, desde el miércoles pasado, el que escribe anda encerrado con Benito y un grupo reducido de actores y guionistas en un clash creativo sin estación de llegada. Sólo sabemos que terminaremos llegando pero aún no hemos descubierto adonde. He abierto las escotillas de mi planeta para ventilar un poco y renovar el oxígeno. Desde mi escucha sensorial en una posición cuarta, estoy enfocado, con los sentidos abiertos y recibiendo, recibiendo, recibiendo…

Benito y yo hablamos el mismo lenguaje aunque los dialectos sean diferentes. Y nos vamos entendiendo, que es lo que importa. Él también habita mi planeta.

Claro, que me va ganando con ventaja porque cuenta con mi rendida admiración por su artematopéyico talento. Así, ya le vale.

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Publicado el 9 febrero, 2010 en Artematopeya, Cine, teatro, literatura y arte, De todo un poco, Música y energía, Nacho A. Llorente, Talento, arte y creatividad. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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