Nací en el Mediterráneo…

… cantaba mi amigo Joan Manuel. Y yo también, lo cual es una suerte por varios motivos: por el sol, por la música y por la maravilla de la huerta.

No sé cómo lo hizo mi madre, pero ha conseguido mantenerme siempre alejado de las grasas y del colesterol y me ha enseñado a disfrutar del buen jamón y de la rebosante despensa verde que campa por nuestro mapa. Nunca he echado de menos una de esas hamburguesas de marca que, sin excepción, se hincha en el estómago en minutos y te convierte en un zeppelin con brazos y piernas. Me siento bien cuando disfruto de unas buenas hortalizas, de unas frutas apretadas y a rebosar de jugo, de una humeante y crujiente parrilla verde o de un puchero de barro calentito. De siempre, me encanta el recreo semanal de hacer la compra porque puedo tocar, oler y mirar el mosaico de colores que ocurre en una frutería.

Cada vez cuesta más encontrar mercadería de huerta que sea honesta: que tenga sabor, que sea bonita por fuera y que esté en perfecta forma por dentro. Comprar frescos en un centro comercial no sólo es un asco: además, es imposible. Porque de fresco tienen más bien poco.

Así que, rebuscando un poco por ahí, he encontrado una alternativa reciente a la depresión de tener que conformarme con las lechugas arrebuñadas y renegridas de mi centro comercial de confianza gracias a www.huertamediterranea.com. No sé de quién habrá sido la idea, pero resulta que esta estupenda frutería digital distribuye únicamente productos orgánicos producidos y cuidados con mimo por pequeños agricultores de esos que acarician los tomates antes de desprenderlos de la rama.

Sólo sé que, después de la explosión de sabor con la que me saludó mi primer tomate digital, jamás volveré a comprar frutas o verduras que no sean de Huerta Mediterránea.

La relación calidad-precio es la pera, y nunca mejor dicho. Sus cestas de 7 quilos (que son las que compro yo) combinan frutas y verduras frescas, cambian cada semana de contenido según temporada y están costando 27 euros, IVA y transporte incluido. El precio medio por quilo es de 3,80 euros (3,50 euros + el 7% IVA), un pelín por encima de los precios de saldo que parecen justificar que los productos de distribución masiva sean una porquería. Pero cuando no puedas sacarte el sabor de la cabeza después de probar una de sus frutas, entenderás que ya no necesitarás volver a comerte dos mediocres naranjas medio resecas para intentar encontrarles algún gustito. Con una, pero buena, tendrás bastante.

Por cierto, ¿puede alguien explicarme por qué las frutas y verduras medio pochas de los supermercados se pueden beneficiar de un IVA superreducido del 4% y los productos no masivos y ecológicos, infinitamente más sanos, de mejor calidad y producidos con el mayor disfrute posible del consumidor final en mente, están obligados a incrementan su precio final  con un IVA del 7%?.

Anímate y pruébalo. Creo que te va a encantar. No es raro encontrarte, al abrir la caja, un ramillete de yerbabuena fresca o algún que otro regalillo igual de agradable. Por no hablar del concierto de aromas que inunda la cocina…

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Publicado el 14 enero, 2010 en Artematopeya, Cine, teatro, literatura y arte, Nacho A. Llorente, _Persuasión & comunicación. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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