El efecto publicidad-cero en TVE

Acaba de concluir el mejor programa transversal de humor de la parrilla de todo el año (las puñeteras campanadas) y ya se empiezan a intuir los resultados más inmediatos del efecto publicidad-cero en Televisión Española: la spaghéttica presentadora Anne Igartiburu poniéndole los puntos a su partenaire Manuel Bandera delante de más de siete millones y medio de espectadores, siempre según Barlovento, con su letal y esquizofrénico veneno rubia platino de la clase to came el bollow, man hollow (o, en pronunciación figurada, tócame el bolo, Manolo).

He tenido que embeber este video porque no encuentro ningún otro que contenga el espectáculo completo, pero (aviso de que) contiene sobreimpresiones y referencias cuyo subtexto excede el objetivo de este artículo. Allá cada cual. Mi única intención era ilustrar uno de los efectos más inmediatos del nuevo modelo financiero del Ente: las estrellas se ponen nerviosas. ¿Qué pasará ahora que TVE suprime de su parrilla la publicidad convencional?

Pues que el apartado sueldos para estrellas de la cadena empezará a verse reducido ante la necesidad de ajustar costes y, sobre todo, de tener que empezar a justificarlos al provenir del grifo único de los Presupuestos Generales del Estado. Y, en tal coyuntura, la larga y demasiado abundante colección de floreros casposos de la cadena del Cuéntame, entre los que  destaca esta criatura que un día también perteneció al selecto club de los que cobran 60.000 euros por hacer acto de presencia en cualquier fiesta (y, lo mejor de todo, sin tener la obligación de quedarse: como Cayetana Guillén-Cuervo, que acude a los estrenos, se contonea medio minuto en el photocall y se larga, inmediatamente, por la salida de emergencia…), tendrá que empezar a apretarse el cinturón o, más probablemente, emigrar a otros escenarios en los que la competencia dictada por esa gran mentira aceptada a regañadientes pero aceptada sin remedio por todos, de nombre Estudio General de Medios, aún hace posibles las contrataciones millonarias.

La presentadora Anne “seré-rubia-pero-no-tengo-un-pelo-de-tonta” Igartiburu, que ha demostrado la suficiente habilidad como para haber conseguido pillar un enorme cacho en TVE en sustitución de otro aburridísimo florero de nombre (doña) Jóse Toledo (nadie sabe por donde anda aunque, en realidad, a nadie le importa demasiado…), tiene demasiado claro que nadie va a venir a desatornillarle sus hermosas y apretadas nalgas del cómodo (y rentable) sofá en el que ha conseguido sentarse. Después de una primera etapa de niñata calladita y de buenas maneras, siempre vestida de largo y con las manos engarzadas a-la-mezzosoprano, y tras quedar opcionada al olimpo de las biencasadas de revista al haber conseguido cazar durante un breve espacio al pobre Igor Yebra, Anne ha pasado por una ITV de imagen y ahora se hace la tía superenrollada y superguay que te cagas, ossea. Sigue siendo igual de infumable en sus apariciones televisísticas, por no hablar de su reciente y primera película La felicidad perfecta producida por los buenos chicos de Pausoka. Es difícil conseguir hacer una película tan absurdamente absurda, tan estúpida y tan cutre. Del guión, reservémonos la opinión: una mala tarde la tiene cualquier. Y de la Igartiburu habiéndose creído que lo de ser actriz puede llegar a tener algo que ver con lo que ella hace, también. Total, a ella le da igual. Ha metido el pie en la tele y no está dispuesta a que nadie se atreva a soplarle la nuca por muy mal que lo haga.

El caso es que, durante los 15 minutos que duró la transmisión de las campanadas de marras, Anne Igartiburu no cejó en su empeño de chupar cámara intentando eclipsar a Manuel Bandera a toda costa mientras se frotaba frenéticamente las manos, miraba nerviosamente el reloj (equivocándose de muñeca…) e insistía en interceptar la más mínima intervención de su acompañante-objeto con cualquier comentario fuera de lugar mientras continuaba intentando provocar el cambio de eje llevándose la cámara con la mirada sin parar. El efecto fue tan ridículo y el cuajo de Manuel Bandera, un actor de impecable currículum y de abundantes y curtidas tablas, tan flemático que la rubia platino no pudo anticiparse a la guinda que su compañero le tenía preparada: a tres segundos del final, el de Las cosas del querer se mandó un “saludos a mi familia de Málaga” que terminó de destrozar los nervios del florero Igartiburu.

Eso no se hace, Manuel. Los saludos, y menos a la familia, están prohibidos en televisión. Pero…

¿Sabes lo que te digo? Que olé tus cojones y que, después de todo, a quién le importa. Seguro que no te vuelven a llamar para las uvas del 2010, pero, total, por la miseria que te habrán pagado (¿seguro que tu presencia junto a Anne no era un patrocinio encubierto y pagado por la productora de Chicago el musical?… hmmm…) que hubieran puesto una foto y santaspascuas.

Aprovecho para saludar a mi madre que me estará escuchando.

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Publicado el 1 enero, 2010 en Artematopeya, Con la lengua depilada, De todo un poco, Nacho A. Llorente. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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