Verde como el trigo verde

envidia

Una vez, en una sentada aglomeración de aspirantes a nosequé, el señor con corbata que ocupaba el escenario se dirigió a todos nosotros diciendo:

“Echen un vistazo a esta sala. Y, ahora, díganse cada uno a sí mismo que usted será el único que va a conseguir el objetivo de nomeacuerdoqué y que todos los demás en la sala se quedarán en el camino o, como mucho, avanzarán lo suficiente como para conseguir trabajar para usted.”

Por supuesto, cada uno de nosotros miró de soslayo a derecha y a izquierda pensando: lo siento por ti, chato, nunca lo conseguirás porque el que lo va a conseguir soy yo.

Es curioso porque, de todos aquellos que nos sentábamos en aquel auditorio, muchos hemos conseguido aquello a lo que aspirábamos. En distintas parcelas, con distintas intensidades o en distintas modalidades, pero la realidad es que casi todos hemos recorrido, de una manera u otra, el camino que empezaba aquel día en el que nos sentamos a escuchar a aquel señor con corbata. Hay un puñado de ellos que, sin embargo, se quedaron en la estación de salida. Nunca empezaron el viaje. Y siguen viviendo en el limbo.

Cuando me reúno con un grupo de compañeros, de cualquiera de mis filiaciones, indefectiblemente surge alguna conversación en torno a algún pobre estúpido conocido de todos. Por supuesto, porque el mundo está lleno de imbéciles sin talento, idiotas desechables que no merecen haber tenido una oportunidad; que no merecen haber tenido la suerte; que no merecen haber estado en el lugar indicado en el momento justo; que seguro han pasado por la cama de alguien para conseguirlo. Que ni derecho a vivir, vaya. Porque esos pobres estúpidos, que por cierto no suelen compartir su tiempo con el dicharachero grupo, están demasiado ocupados con aquel proyecto por el que todos hubieran muerto por fichar. Y disfrutando de ello. No es suficiente con que ninguno de los que tanto hablan no haya conseguido el objetivo. No hay descanso hasta ver caer al que sí lo ha hecho.

En otras palabras: existe un surplus de personas con talento que aún no han conseguido encender el motor de arranque y que sienten (o al menos así lo creen) que los responsables de su fracaso (más bien frustración) son aquellos que han sabido encender su maquinaria y ya les llevan veinte pueblos de ventaja. Como cantaba La Unión, fueron los celos. Simple y llanamente, estériles y autodestructivos celos.

Yo también fui víctima de la celosía insana, azuzado contra mi voluntad por una prefabricada sociopatía cultural que ha cumplido varios siglos y que anda ya, desde hace rato, apestando a podrido. Hasta que, un día, se me encendió una bombilla y sentí que esos pobres estúpidos que conseguían realizar aquello de lo que yo no era capaz no serían tan perfectos o tendrían tanto talento como yo pero, seguramente, algo habrían sabido hacer bien. O algo tendrían de lo que yo carecía: alguna habilidad, recurso o capacidad motivacional que compensara su, por supuesto, obvia y generalizada carencia de talento. Y decidí que cambiaría mis celos de frustrado con mucho talento por una verde e insana envidia y que, desde entonces, dejaría de ocuparme de observar el qué para empezar a observar el cómo. Dejaría de malgastar mi energía y la emplearía en escarbar, descubrir y copiar los rasgos de habilidad, excelencia, sabiduría y talento de las personas que, contra todo mi pronóstico, habían saltado todas las bancas y ya estaban en el lugar al que yo no había sabido todavía llegar.

Todavía me costó algún tiempo más deshacerme de los restos de mi estúpida e improductiva soberbia. Pero, cuando lo hice, de repente me di cuenta de que los caminos hacia mis objetivos estaban delante de mis narices y habían estado allí todo el tiempo. Y, sobre todo, me di cuenta de que no habían sido ni la suerte ni la cama las que habían llevado a los pobres estúpidos al lugar que yo no conseguía encontrar. Y también de que lo mejor que podía hacer era aprender de todos ellos.

Tengo la suerte de conocer a muchas personas asquerosamente creativas y excelentes en sus talentos, dotadas por arrobas de repugnantes habilidades y capacidades y de una estomagante sabiduría para ir cumpliendo su estúpidamente perfecta y envidiable planificación de objetivos, sean cuales fueren.

Así que ahí estoy, verde de envidia.

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Publicado el 1 noviembre, 2009 en Artematopeya, Nacho A. Llorente, Talento, arte y creatividad, _Persuasión & comunicación. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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