¡Que viene Robert Dilts!

Vitruvian

Hace días que vengo elaborando una reflexión sobre una de las bacterias más virulentas en el entorno de la cultura del crecimiento personal y el consulting organizacional: la del comepollismo.

No. Por favor, que no haya malentendidos. Que nadie presuponga nada sólo porque esta reflexión haya encontrado su lugar en un artículo titulado ¡Que viene Robert Dilts!. Mi amigo Robert es un tipo encantador, inteligente y resolutivo con un surtidor de energía equilibrado y creativo y una visión muy clara y rentable sobre sí mismo y sobre su entorno. Lo de comepollista no va con él. Más bien, por otro lado. O, por ser más exacto, por muchos de los del otro lado.

Hay dos cosas que hacen especialmente bien los comepollas. Una de ellas es sonreír imbecilmente y asentir a todo como el perrito del coche, siempre en público, ante cualquier expresión que provenga del pollacomido. La otra es adoptar una mentirosa actitud forzada de oh yeahc’mon evrybody, que buenos somos todos y cuanto nos queremos y entregarse a una catarsis grupal en la que, oh yeah, por mucho que se empeñan en aparecer convincentes no consiguen parecer más que gilipollas. Que no se escandalice nadie. Que nadie se lo tome como algo personal. Pero hay que tener la honestidad de reconocer que, en la mayoría de cursos y seminarios sobre tecnologías psicológicas de motivación, de crecimiento o de comunicación se respira un sospechoso tufo a pose social y a convención (por convención venimos, por convención actuamos, por convención asentimos, por convención mentimos y por convención nos vamos) que no hay quien se lo trague.

El valor percibido de todos estos inventos no es sino el resultado de un eficaz trabajo de márketing. Esta es una de las perversiones de este sistema. Las víctimas dicen ser profesionales, autores de proyectos más grandes que la vida y (en este caso) coaches, trainers y formadores de éxito. Sonríen, charlotean sin parar y participan de un circo vanidoso que se retroalimenta. Reclaman el micrófono para lanzar preguntas medio estúpidas que sirvan como vaselina para calzar sus propios comentarios de escaso interés y no precisamente de una estupidez media; a veces, llegan a ser de una estupidez absoluta. Un circo en el que la mitad de los aspirantes esconde importantes cuadros de expectativas frustradas y que disfrazan su craving terapéutico haciendo como que aprenden para ayudar a otros. Ja. A la vista están muchos de esos super-oh-yeas (hay cosas que, por mucho hemisferio derecho que valga, no tienen sentido en personas desarrolladas y equilibradas) que suben a la tarima. Nadie se entrega con sinceridad real a la vivencia frente a un auditorio al que, parcialmente al menos, ya conoce demasiado. Ja de nuevo. Muerte por egocentrismo. Muerte por alelamiento. Un absurdo minuto de gloria frente a un auditorio endémico y granhermanítico que termina repitiéndose curso tras curso, seminario tras seminario, convocatoria tras convocatoria. Experiencias irreales y sólo actuadas. Nadie se cree nada, pero todos se entregan al como sí. Gente que se reencuentra. Gente que no deja de pagar sumas desorbitadas para… ¿para qué?. Ni ellos lo saben. Personas que se autodenominan coaches y que deberían primero pasar por la consulta de un buen psicoanalista antes de tener el morro y la desvergüenza de atreverse a hurgar en la psique de nadie.

La otra mitad, la de los que vamos a escuchar, a investigar, a descubrir y a renovar, difícilmente nos encontramos, porque no solemos participar del numerito y perdemos poco el tiempo por los pasillos retrocomiéndonos los bajos para mendigar un cliente o un hueco en ese proyecto que dices que tienes.

De Robert Dilts, poco que decir. Su trabajo de investigación me interesa relativamente, pero observarle en acción durante un par de días en acción me ha servido para decidir que no me interesan ni su perfil ni sus habilidades ni como formador ni como comunicador. Indudablemente, es un ejemplo estándar de éxito en la acepción más convencional. De éxito para él. Pero no aporta, sencillamente, nada. Al menos a mí.

La programación neurolingüística es, además de un modelo encajable en múltiples ámbitos de la vida, un recurso muy real que, además, puede resultar muy rentable cuando se maneja adecuadamente. Pero no le hace nada bien ser objeto de un sobeteo demasiado popular, demasiado extensivo, demasiado barato. Porque el sobeteo, por muy contento que se vaya Robert de España con el monedero a rebosar, es empobrecedor.

El caso es que, del aburrimiento y de la desconexión, tuve que buscarme algo para entretenerme con una pobre tontorrona con cara de vinagre y con la misma energía que un rollo de papel higiénico que intentó hacerme levantar de mi asiento dos veces seguidas dentro del mismo minuto. Al final tuviste que saltar por encima. Demasiado fácil, chatina. ¿De verdad que eres tan tímida?

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Publicado el 18 octubre, 2009 en Artematopeya, Con la lengua depilada, De todo un poco, Nacho A. Llorente, _Persuasión & comunicación. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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