La aburrida y pesada plaza de Alejandro Amenábar

Agora

Mi amigo Alejandro ha buscado. Y mucho. En la desesperada caza creativa de un personaje virgen, nuevo, histórico y poco sobado que sirviera de gancho narrativo y comercial para el apartado merchandising del presupuesto y para entregar a Telecinco algo con una mínima dosis de originalidad, Alejandro se topó con la pobre Hypathia de Alejandría, hija de Theon. Y cayó en la red. Lástima.

Que Alejandro sabe hacer cine nadie lo pone en duda. Después de Tesis, su calidad como narrador es un fact of life sobre el que no cabe opinión. Es un gran cineasta y punto. Pero que Agora es un coñazo infumable, mal escrito, mal editado, repleto de lugares comunes y metáforas audioviosuales tan tontas como innecesarias (el hormiguero en fast-forward o el plano que rota hasta dejar al mundo boca abajo, por citar sólo dos) y narrativamente muerto y estéril (o, simplemente, mal resuelto tanto en guión como en imagen) es otro hecho también incontestable. Dos horas y media eternas de cine palomitas disfrazados de una pretendida poética absolutamente inexistente en realidad y que no genera la más mínima chispa. El enfrentamiento entre anubianos, cristianos y judios narrado como el enfrentamiento de Villarriba y Villabajo por combatir contra la grasa de su paellera. La premisa literaria es medio infantil además de incompleta; como un libro del que se arrancan páginas a puñados y a partir de cuyos restos se escribe un guión. A ver quién es capaz, recién terminada la sesión, de transmitir de forma coherente quién es quién y qué coño pinta cada uno en esta historia. Retazos de tramas mal montadas que confunden, oscurecen y arruinan cualquier oportunidad cinematográfica. Personajes mínimamente desarrollados, vacíos e incompletos. Estructura dramática imberbe, ñona, estúpida. Historia carente de absolutamente cualquier interés. Acción y evolución invisible. Un imbécil travelling sobre el globo terráqueo que demuestra la capacidad de los diseñadores de 3D pero que, de tanto repetirse, termina fastidiando.

No ocurre nada. No pasa nada. No acontece nada. El clímax narrativo: Hypathia colige la órbita elíptica de la Tierra. Qué emocionante. Contado como un bombillazo de andar por casa, se supone que tamaño descubrimiento tiene que sostener la última media hora de cinta.

¿Que demuestra muchos medios técnicos y de producción?

Pues sí.

¿Y?

Todavía está por demostrar que la calidad de una película guarde alguna relación directamente proporcional con el tamaño de su presupuesto. Y de la dirección de actores… mejor no digamos nada. ¿Es que no había ni un sólo buen actor con un hueco en la agenda?

Dejando volar la imaginación para intentar apurar el paso del tiempo mientras permanecía sentado en la sala (aunque sólo hasta el minuto 120), se me ocurrió llamar a mi amigo Vasile y sugerirle que, por una vez, se deje de hipérboles pretenciosas y se lance a comprar los derechos de La esclava de azul del valenciano Joaquín Borrel. Es lo que mejor, si lo que busca es una joven vistosa de inteligencia superior y vestida con sabanas. Una propuesta de pseudo peplum del siglo XXI perfecta para una mini-serie o, incluso, para película grande que, además de ser narrativamente una joya, sería cinematográficamente rentable sin tener que comprometer calidad, interés o retorno económico. Un thriller sin complejos ambientado en la Roma de Julio César. ¿Passa algo?

Qué película tan grandemente anodina e insulsa, por mucho que Telecinco le esté haciendo la campaña del año. Rentabilizar inversión. Agora es, por muchos millones de epestadores que se la calcen entre cocacolas y palomitas, una mediocridad mal pensada, mal escrita, mal producida y mal terminada. Pero ya se sabe. Telecinco es capaz de montar el aparato publicitario que haga falta para vender aire enlatado. Todavía se recuerda aquella vírica campaña alrededor del mensaje “Telecinco blinda a Miguel Angel Silvestre con un contrato millonario para dos películas en los próximos años“. ¿En qué coño estaría pensando Miguel Ángel para dejarse succionar en semejante manejo, tan beneficioso para Telecinco en términos comerciales pero tan peligroso para él en términos de oportunidad, de calidad y de mercado?

¿Por qué me da en la nariz que Alejandro ha aceptado hacerse cargo de este proyecto como una simple escapada hacia delante, visto cómo anda el temita de la crisis? ¿Por qué da la sensación de que el propio Amenábar se ha aburrido incluso más que yo con este proyecto de mierda? ¿Por qué esta película no es una película de Alejandro Amenábar?

Cómo espectador, no te dejes engañar. No tienes que decir que te gusta sólo porque los mensajes manipuladores que te rodean han generado un establishment alrededor de esta producción. Puedes apartarte del rebaño publicitario y opinar libremente lo que te dé la gana, ¿lo sabías?

Venga, coño, Alejandro. Carlos Boyero, en su columna, ha sido hasta cariñoso contigo porque eres un creador capaz, inteligente y dotado, cinematográficamente hablando, digno de mucho respeto. Sólo ha dicho de Agora que “no enamora”. Pero es que tú sabes hacer otra cosa, joder. Y sin tanto dinero como el que te haya podido ofrecer Telecinco. Algo güele a podrido en Alejandría.

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Publicado el 15 octubre, 2009 en Artematopeya, Con la lengua depilada, Nacho A. Llorente, Talento, arte y creatividad. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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