Lo que en realidad apesta del caso Gürtel…

Gurtel

… es lo que le tiene del hígado a la pobre María Dolores de Cospedal: que la inmundicia haya sido capaz de infectar a las personas de su partido y, sobre todo, que se haya sabido públicamente. No es terror a una eventual causa judicial por un delito de financiación ilegal, porque no se trata de eso. Se trata, simplemente, de un monumental cabreo causado por el síndrome del que dirán.

El Partido Popular, como cualquier otro, es una agrupación de personas supuestamente alineadas en ideología, valores y estrategias. Como tal rejunte, no son más que una asociación privada en cuyo seno pueden hacer y deshacer según les venga en gana. El problema surge cuando un número limitado de sus componentes resulta elevado, por obra y gracia del sagrado mecanismo electoral, a la categoría de grupo parlamentario y, desde tal posición, los elegidos empiezan a ocupar puestos de designación pública y a manejar dineros que los españoles ponemos en sus manos en calidad de representantes y gestores delegados.

Porque los chanchullos en el terreno de lo privado son asunto de cada uno. Allá tú si te manejas por la vida sobornando a quien haga falta para llenarte los bolsillos. Pero cuando de la cosa pública se trata…

Lo peor del caso Gürtel no es la estafa, la malversación, la prevaricación o el cohecho, por poner algunos ejemplos, imputable a (repito) personas que ocupan un cargo público y que comparten el tener un carnet de color naranja. Lo peor es que se ha constatado que, en el mundo del PP, también hay individuos que han demostrado carecer de los valores que se le deberían exigir a cualquier persona dedicada a la política: vocación, capacidad de servicio, respeto a los ciudadanos (a sus votantes y a los que no lo son), honradez y limpieza de palabra y de obra. Y, hasta la fecha, éste era un privilegio públicamente ostentado casi en solitario por el PSOE. Véase, por poner un ejemplo, el historial de D. Alfonso Guerra y su querido hermano Juan, pioneros en los capítulos de trato de favor y nepotismo.

Eso es lo que le ha terminado de joder a Cospedal: tener que aceptar que en todas partes cuecen habas y que la lengua, a veces, hay que terminar tragándosela. El cabreo es un mecanismo emocional, lo cual aporta pistas sobre la trascendencia de esta historia. Las personas importan poco: si son corruptos y mangantes, de patitas en la calle (o en la cárcel) y listo. Pero el desprestigio pesa y mucho…

Lo mejor de todo es la desinformación y la manipulación a la que parecen estár abonados los políticos: Ricardo Costa con una patada en medio del culo y todavía comparece con un discurso en el que insiste, por sus pistolas, en su honradez y la transparencia de su gestión a pesar de las transcripciones que se han podido leer en la porción del sumario que ha sido hecha pública. Que poca vergüenza, macho.

Anda, amiguito del alma. Tú calladito a ver si escampa…

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Publicado el 14 octubre, 2009 en Artematopeya, Con la lengua depilada, De todo un poco, Nacho A. Llorente. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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