El color negro oscuro y profundo

Alice walker

Cuando conocí a Alice Walker en el 89, después de haber leído El color púrpura, entendí de repente porque aquel libro era exactamente lo que era: una obra maestra de la literatura universal de inigualable valor literario, con un tratamiento lingüístico magistral, un soberbio subtexto perfectamente imbricado, transmitido y emocionalmente efectivo al 100%, un ejemplar diseño y despliegue de personajes y plots/subplots y una capacidad increíble para crear un universo de ficción completo, coherente y vivo a partir de detalles sueltos que al sumarse se potencian entre sí. Una obra maestra, inteligente y comercial pero sobre todo sensacional, emocional y sensible y de una humilde calidad demasiado potente. También entendí, al mismo tiempo, porque la adaptación de Spielberg al cine era también una obra maestra pero otra, distinta y diferente, con otro código y otro lenguaje aunque cuente la misma historia. Eran, en definitiva, dos narrativas extrañas entre ellas a partir de la misma semilla.

Lo que en realidad me sorprendió de aquel ser tan limpio, tan apacible y tan espiritual fue, precisamente, que para lograr su balance personal no dudaba en exponer el oscuro y profundo color negro de su interior. Una personalidad introspectiva y fragil que ha construido su equilibrio a partir de su autoestima no expresada, de sus frustraciones, de su inconformismo, de su rol sociohistórico, de su despecho de género y de raza, de su dolorosa insatisfacción y de su sufrimiento, declaradamente impuesto pero también elegido en ocasiones como argumento para el despecho . Sin duda, hay que aproximarse a El color púrpura como a cualquier otra obra de ficción. Sólo así se reviste de los significados pertenecientes a una narración y no a los de una vida con demasiadas esquinas y rincones oscuros. Como obra de ficción, es una creación maravillosa. Como reflejo de una realidad personal y social, es un documento terrorífico.

Alice Walker quedó tuerta con ocho años en un mundo en el que las mujeres eran, por definición, inferiores y carentes de valor. Odió a su familia por elegir no darle la oportunidad de que su hermano asumiera la responsabilidad de la agresión y hablar de ello como de un accidente. Eligió hacerse a un lado para no mezclarse con un mundo que no quería comprender y, según cuenta, se dedicó a observarlo y a escribir sobre él. Qué duda cabe, también, que la actitud de no adaptarse para poder crecer emocionalmente sana fue una buena excusa para poder seguir cultivando el reproche. En fin, nadie es perfecto. Se refugió en la mitad del mundo por la que no se sentía maltratada, humillada y sometida: la femenina. Y descubrió que era bisexual junto a la cantante Tracy Chapman. Como Celie y Shug Avery, tímidamente, en el cine y con menos complejos en la versión literaria.

Ms Celie’s Blues

Alice atribulada. A pesar de todo, el mundo que Alice creó para Celie es profundo y sensible y en él también hay lugar para la belleza, para el conocimiento, para el amor y para los valores más importantes de la vida. Y el lenguaje con el que lo cuenta Alice sobre el papel es soberbio.

Querido Dios, tengo 14 años y siempre he sido buena niña. Tal vez puedas enviarme una señal que me diga qué me esta pasando. (Celie)

La visión cinematográfica de la historia es dramática en el sentido teatral de la palabra. Un gran trabajo de guión, un fantástico elenco de actores magníficos y en estado de gracia, una realización que da en el clavo y un aparato de arte afortunado y en su justo punto. El hallazgo, además, del genial espacio sonoro y musical en las manos de Quincy Jones son la guinda de este pastel bien cocinado, ajustadamente emocional y hecho para los sentidos y para la inteligencia.

God is trying to tell you something

Moralejas, las justas.

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