Las perlas de Laura

padrino

Continúa corriendo agosto y no es por nada pero cada año me sientan mejor las vacaciones. Vuelvo a alimentarme bien, adelgazo mis quince o veinte quilos y recupero un poco de forma, me siento con más pilas que el conejo de Duracell (son 20.000, gracias), disfruto sin horario del aire libre y de mi gente, escribo y tomo apuntes, escucho muuuuucha música y salgo un poco de casa (por no decir que, en realidad, no entro).

En disfrutando de mi solaz pasatiempo, me he pasado los últimos días estrujándome la molleja para encontrar una ilustración determinada, tarea nada fácil ya que ser padrino de una criatura que aún está en el horno y que se empeña en mostrarle el culo al ecógrafo superado el inicio del quinto mes no es ninguna tontería. A ver qué coño voy a reportar si todavía andan discutiendo entre los amantes de Teruel si la próxima estrella invitada de nuestras vidas será Joaquín o Aitana.

Para el que no lo sepa, Laura es un ser único y genial con la que comparto la habilidad innata de cometer un generoso catálogo de torpezas que suelen terminar en cristales rotos. En los restaurantes nos hacen pasillo no porque seamos los clientes del mes; más bien, para intentar que quede alguna copa entera en el camino hacia nuestra mesa. Creo que, en menos de un año, entre los dos hemos conseguido diezmar sensiblemente la vajilla y la cristalería (de Ikea, por lo menos) de su casa. Mi hermano ya se las empieza a ver y a desear cada vez que necesita utilizar un plato… sic. Por no hablar de los tropezones, de las manos de mantequilla o de las bebidas habitadas por panchitos o cualquier otro tipo de ovni que siempre terminan aterrizando dentro.

Para mí, tendría que haber sido meteoróloga. Por lo de estar en las nubes. Son ya legendarias sus perlas, puritita creatividad, cuando se trata de algún tema que le interesa poco o más bien nada. Como hace poco tiempo cuando, al escucharnos de lejos comentar no sé qué cosa sobre el rodaje de Tetro en Argentina, Laura asoma la cabeza por la puerta de la terraza y suelta:

– Ésa es la última de éste… ¿cómo se llama?… Francisco Cóppola, ¿no?  

Es una auténtica tarada. Y recordando aquel energético ataque de risa me ha venido a la cabeza el cartel de El padrino, que en un alarde de síntesis cultural perfecta resume casi al completo la historia de nuestras vidas: una cultura de familia muy personal, muchas emociones, arte y acción, destrozos varios (obviamente) y un padrino primerizo (ése soy yo) del pendejo que terminará por desvelar, en algún momento, de qué puñetero sexo ha decidido venir.

Estás acabado, Marlon. Ahora yo soy el padrino.

Y, como siempre: gracias, inconsciente.

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Publicado el 14 agosto, 2009 en Artematopeya, Cine, teatro, literatura y arte, De todo un poco, Nacho A. Llorente. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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