Tetas, culos, luces, malabarismos y una decepción

Puñales

Mi amigo Jesús sabe que me encanta el Teatro Circo Price. Por eso, cada vez que su periódico patrocina un espectáculo, me guarda unas cuantas entradas que me hace llegar religiosamente por mensajero aunque yo no sea uno de sus clientes más importantes. Yo se lo agradezco en el alma porque, aunque suelo recibir invitaciones para los estrenos, lo más comercial me suele interesar generalmente poco y amablemente las devuelvo. Pero este Pasión sin puñales tenía ganas de verlo por el hechizo con el que el Price me tiene hipnotizado. Y, marketing o realidad, la taquilla ha estado adornada con el localidades agotadas todos los santos días de julio. No me importa en absoluto renunciar a un estreno y disfrutar de un espectáculo bien entrado en rodaje. Es la mejor opción para entender si una compañía mantiene la ilusión y el ensueño o si es víctima del aburrimiento y la rutina. En el primer supuesto, el espectáculo gana en sabor y entrega una experiencia sabrosa e inolvidable. En el segundo, se convierte sencillamente en una tortura.

El trabajo gráfico y el diseño de arte de Pasión sin puñales es excelente. La producción en sala es espectacular y sensorial. Evocadora, vintage, retro y glamour sobre un tema de perfil tango y chulette-fatale que, después, no tiene nada que ver con el contenido artístico más allá de la argentina (y decepcionante a mi pesar) participación de Pavlosky. Un punto menos. Suena la fanfarria de la orquesta y, tachán, comienza el espectáculo con la presentación de la antítesis del maestro de ceremonias que pide a gritos una producción titulada Pasión. Javivi. Con todos mis respetos, pero el sello de este humorista tartaja que ha saturado los programas de entretenimiento en televisión durante demasiados años resulta pesado y aburrido. Por muy majete que sea, no tiene gracia, no tiene pasión. Un punto menos. Y ya van dos.

Comienza la primera ronda con Mercedes Chenard, una contorsionista de suelo con una estupenda voz que no suelta el micrófono mientras anuda y desanuda su cuerpo durante cinco minutos y que, ¡hala!, sabe caminar de espaldas como la niña del exorcista. Estupenda. A continuación aparece Mozes, un trapecista convencional ambientado de años 50 con malla blanca y calzón rojo, pelo requetepeinado y bigotes (postizos) haciendo rulo en las puntas. Saltos y acrobacias para un lado y para otro entre ¡ohhhs! y ¡ahhhs!. Es el turno de Scott y Muriel, dos cómicos de origen holandés que entregan un divertidísimo número de magia desastre lleno de humor, ternura y circo. Son fantásticos. Después le toca a Aurelia Cats, una seductora y elegante contorsionista que se retuerce en imposibles evoluciones gimnásticas sobre otro trapecio entre más ¡ohhhs! y más ¡ahhhs!. Sugerentes tetas, sugerente culo. Hmm. Y, por fin, los saltimbanquis Zahir. Tres latiguillos divertidos y payasetes que saltan, brincan, se estrellan y se meten al público en el bolsillo con muecas y bofetones.

Un momento. ¿Qué es eso que viene ahora? Resulta ser Astrid Hadad, una mejicana pesada, aburrida, pretendidamente mordaz y vulgar cantante que se empeña en explicar el significado de esos trajes absurdos y estúpidos que exhibe. El público bosteza. Los culos se mueven en las butacas. Otro punto menos.

Comienza la segunda ronda. De nuevo, Scott y Muriel pero ahora viajados al Oeste americano. Divertidísimos. Regresa Mozes, pero esta vez en calzoncillos y camiseta Abanderado del año de la tos. Empieza a sacar y a desaparecer pañuelos rojos entre luces estroboscópicas y movimientos espasmódicos a-la-cinemudo. Estupendo. De repente, se quita la camiseta, se quita los calzoncillos y se queda en pelotas. Continúa el trasiego de pañuelos acompañado de una coreografía púbica que provoca la risa hasta que, oh, hace como que se saca un pañuelo del culo y fin. Un inesperado y breve número que arranca el aplauso. Parece que en esta ronda Mercedes y Aurelia no actúan. En su lugar, Catherine D’Lish se marca un striptease. Buenas tetas, buen culo. Después de tardar diez minutos en quitarse los guantes, termina su número dentro de una copa de champán gigante en un baño que dura exactamente diez segundos. ¿Tanta complicación innecesaria si lo importante de su número, que era enseñar las tetas, ya estaba hecho?

Ya son casi las doce. Y vuelve a aparecer la mejicana pesada con otro estilismo estúpido y el suplicio de dos canciones chirriantes y fuera de contexto. Resulta que esta señora es una estrella de las artes escénicas en Méjico por el contenido social y cítrico de sus espectáculos. Zzzzzzzzzzzz.

A las doce, por fin, aparece Pavlosky. Y durante media hora repite, palabra por palabra, el espectáculo que hace meses pudo ver medio Madrid en la sala pequeña del Español. Joder, Angel, ya te vale, ¿no?

Un siete sobre diez para este espectáculo intrascendente y de contenido irregular pero que, en conjunto, funciona. Yo hubiera elegido a otro maestro de ceremonias. Me hubiera cargado a la plasta de la mejicana. Y seguro que hay morenazas españolas capaces de hacer un striptease mucho más seductor que el de la lolita americana de la copa de champán. Pero, sobre todo, sacaría a Pavlosky del elenco. Demasiado tiempo (media hora) y demasiada charla para cerrar un espectáculo al que no aporta nada nuevo. En todo caso, le dejaría como madame del patio de butacas disfrazado de negro con purpurina, charlando y recibiendo a la gente que es lo que le gusta.

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Publicado el 25 julio, 2009 en Artematopeya, Música y energía, Nacho A. Llorente, Talento, arte y creatividad. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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