Un regalo de Nessgata

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El 12 de julio, Nessgata apareció en la fiesta de cumpleaños de Pablo con un regalo para mí. Un paquete que pesaba media tonelada, envuelto en papel verde, con los tres libros de Millenium.

– Tenía ganas de compartirlos con alguien.

Podría explicar, tirando de mi afición por la fábula, que Nessgata es un agente secreto, maestra del disfraz y experta en tecnología y artes marciales, que habla treinta y tres lenguas y que lucha desde la clandestinidad contra las conspiraciones perversas de las mafias económicas internacionales infiltrándose en recintos secretos, robando planos y ajusticiando terroristas de todo el mundo. Pero nadie que me conozca se lo creería y me acusaría de plagio, aunque fuera fruto de la pasión, por apropiarme de Alias. Que lástima, María. Era un buen personaje para una historia. Otra cosa sería poder explicar la presencia de semejante arquetipo en Carabanchel…

Ayer me zampé el volumen uno de una sentada. Todo del tirón entre las cuatro y pico y las doce y pico. Tras una leve tentación de abandono después de las primeras cincuenta páginas, decidí engancharme como para querer terminarlo de una sola pasada. Creo que no hubiera podido soportar leerlo por etapas a pesar de no ser más que un reglamentario folletín de intriga, lo cual no es ni bueno ni malo. Cumple con altibajos las convenciones mínimas. Hay saga familiar con un misterioso pasado secreto, un protagonista pretendidamente complejo y desdoblado en dos personajes de perfil antihéroe, un antagonista agazapado y perverso (y tan predecible desde que aparece en escena…), un contagonista de manual, un anciano sabio y algo cínico, una investigación, unos cuantos arenques rojos, otros cuantos gadgets tecnológicos (algo cutres, pero en fin…) y todo lo demás. Vaya, nada que no hiciera muchísimo mejor, en su momento, Wilkie Collins, cuya lectura, por cierto, aprovecho para volver a recomendar y sobre todo después de haberme tragado el primer ladrillo Larsson. Es lo más divertido que podrás leer si te gusta este género. También a Charles Palliser y su Quincunce.

Larsson también debió de tener esa porción de cansino e insoportable coñacismo que todo lo sueco tiene por naturaleza por mucho que el catálogo de IKEA esté lleno de colorines. Es el maleficio de un país de personalidad medio reseca y aburrida, una tradición luterana rancia y culturalmente castrante y una mecánica y gélida corrección en absolutamente todo que me saca de quicio. Para mí que Larsson se puso a escribir, le cogió el gustillo medio por casualidad y consiguió terminar su novela con cierta facilidad. Luego se la llevó a su editor, que en ese momento estaba a punto de calzarse un prozac por su suequísima querencia hacia la depresión y los desórdenes psicológicos, y hala, le coló la historia. Una historia que, en realidad, es bastante convencional y que hubiera requerido un tratamiento mucho más arriesgado, más trabajado y mucho, muchísimo más sabroso para merecer de verdad la consideración de obra maestra.

¿Por qué tanto revuelo por un libro tan mediocre al que, además, le sobran unas tontísimas 300 páginas que sólo denotan su falta de maestría con el ritmo narrativo, los puntos de clímax y las tramas complejas? Las resoluciones son inmediatas, sin anticipación y en un par de líneas sin ningún tipo de emoción: “Fulanito va, coge el coche, se estrella y se mata. Mientras tanto, Fulanita compraba fruta en el Eroski…”. Venga, coño. Y lo de mantener la intriga (oigggs) sobre la verdadera habilidad de Lisbeth durante más de medio libro para luego resolver de repente con el truco de la información oculta es cutre y de serie B.

Si alguien ha visto El festín de Babette, entenderá por qué, para un editor sueco, hasta las páginas amarillas pueden llegar a ser emocionantes. Y no quiero contar nada más para que nadie me venga luego con que soy un cabrón revientalibros. Pero Alejandro Amenábar ya estrenó Tesis en 1996… Y Dickens sólo existió uno.

¿Que si está bien escrito? Lamentablemente, el único sueco que conozco se limita a los famosos kits de muebles autodesmontables. La traducción, desde luego, no es gran cosa (“la habitación medía unos cuarenta metros aproximadamente“).

Si para crear una obra maestra basta con añadir una narrativa mediocre y un par de escenas de sexo liberal supuestamente escandalosas y más vistas que el tebeo a una historia ya demasiado contada, me voy a hacer de oro de aquí en adelante.

Yo, a María, le estoy sin embargo grandemente agradecido. Regalar lectura es artematopéyicamente placentero. Y recibirla, mucho más.

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Publicado el 24 julio, 2009 en Artematopeya, De todo un poco, Nacho A. Llorente, Talento, arte y creatividad. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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