Atrévete a pedir una pizza o cómo superar esa absurda dependencia de la ansiedad provocada por la monstruosa presión social

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Hace unos días que alguien me viene pidiendo que le eche una mano con un tema personal que le tiene realmente aplastado y con los nervios de punta: una desmesurada y paralizante ansiedad que ha ido creciendo con los años y que ha llegado a un nivel casi patológico si es que aún no lo es. Que alguien dominado por la ansiedad supere la ansiedad que le provoca hablar de su propia ansiedad para pedir que le ayudes a superarla es todo un logro, así que he aparcado mi reticencia a relacionarme con los miembros de mi manada desde esa perspectiva, la del coaching y la comunicación estructurada, para ver qué puedo aportar sin correr el riesgo de adoptar el rol de entrenador profesional. Sobre el porqué de esta disociación entre coaching y relaciones personales hablaremos en otro momento.

El sistema nervioso central está configurado para protegernos de las situaciones peligrosas. Muchos de nosotros hemos sido concienzudamente programados a lo largo de nuestra vida por profesores, familiares, compañeros y por la propia estructura social para no cometer errores y hemos interiorizado la creencia de que el error es malo y peligroso, a pesar de que cometer errores es una parte importantísima y absolutamente necesaria del proceso de aprendizaje, de crecimiento y de desarrollo personal. Por eso, la mayoría de nosotros ha sufrido en algún momento de su vida una absurda fobia a la duda, a que nos acusen de habernos equivocado, a cometer errores a nuestros propios ojos o a los de los otros. Esa perversa programación mental producto de las creencias transmitidas de generación en generación no responde a ninguna lógica. Es, simplemente, una canallada más de esta sociedad monstruosa que hemos construido con tanta dedicación y esfuerzo. La ansiedad, por lo general, esconde una degradada autoestima y un exceso de dependencia de las valoraciones externas, de las opiniones de otros, y se manifiesta en una exacerbada timidez, en un sentimiento de miedo ante una situación nueva y en un bloqueo irracional de múltiples funciones personales, emocionales y hasta físicas del que lo padece.

He tenido la tentación de elegir el camino más fácil, tirando de alguna de las herramientas de la PNL para intentar aportar una solución efectiva sin dar demasiadas vueltas. Pero al final he decidido no hacerlo. Con las personas de tu manada has de ser extremadamente cuidadoso y hacerles saber que no permites que accedan a esa porción privada de ti. Un desconocido puede también pensar (equivocadamente) que lo que tú haces es magia, pero no tendrá la tentación egoista de traspasarte su problema para que se lo soluciones en lugar de responsabilizarse de sí mismo. No te conoce de nada y el flujo de comunicación interpersonal se mantendrá limpio bajo las condiciones que tú decidas. Con tu manada, la confianza da asco en según qué cosas.

Por eso, he recurrido a la rutina de la pizza. No es ni PNL ni lenguaje persuasivo ni psicología conductista ni nada especialmente académico. Es, simplemente, una metáfora transformada en acción que, además, puede llegar a ser muy divertida y tremendamente efectiva porque la satisfacción del resultado obtenido es instantánea y es procesada como un logro personal del que la ejecuta, no del coach ni de nadie más. La rutina es realmente sencilla: consiste, simplemente, es comportarse absurdamente de forma totalmente voluntaria y lúdica. Elige un par de tiendas o tres de cualquier tipo: una tintorería, un estanco, una papelería… Aunque racionalmente sabes que no vas a cometer ningún error sino que lo vas a provocar, es posible que tu cuerpo reaccione como de costumbre: temblando. No pasa nada. Sal de casa y corre durante diez minutos para aplacar la ansiedad que te pueda provocar la anticipación de lo que vas a hacer. Entra en las tiendas que has elegido. Pide la pizza más absurda que se te ocurra. Si te tiembla la voz, no te preocupes: llevas ropa de deporte y acabas de correr durante diez minutos. Nadie se va a dar cuenta. Observa la cara y el proceso interno que acabas de generar en el dependiente. Confusión total, silencio y movimientos oculares en todas las direcciones sin poder articular palabra. Haz un esfuerzo por contener la risa. Un minuto después (date tiempo para disfrutar del juego), despídete con cualquier frase y sal de la tienda. Detente fuera y explora inmediatamente tus sensaciones internas. Compáralas con todas esas situaciones que te generan ansiedad. ¿Qué pasa en ese estómago? ¿Qué es esa sensación cálida y reconfortante en ebullición? ¿Qué son esas ganas irrefrenables de reírte a carcajadas?

Según vayas repitiendo la rutina, sentirás cómo la respuesta física va disminuyendo con cada pizza que pidas. Pero lo mejor de todo es que tu valioso cerebro empezará a desprogramarse y a perderle el respeto a muchas de las absurdas convenciones aprendidas que te generan ansiedad. Para aquellos a los que les preocupe la persona que está detrás del mostrador: su reacción se situará en el rango que va de ‘perplejo’ a ‘divertido’. La clave está en mantener una actitud amable y tranquila, en hacer el ejercicio como si fuera lo más normal del mundo y, sobre todo, en divertirse a full con todo esto. Cuando le cojas el truco, tú mismo podrás desarrollar tus propias rutinas estúpidas y absurdas como gimnasia para tu salud y bienestar personal y emocional.

Demasiada gente tiene demasiado miedo a parecer estúpida, ridícula o idiota. Y lo cierto es que ellos también merecen ser liberados de esa tremenda esclavitud emocional. La rutina de la pizza o cualquier otra rutina similar puede ayudarles muchísimo a conseguir en sus vidas más de lo que realmente y secretamente quieren.

Y para aquellos de vosotros que podéis estar pensando que todo esto es un juego infantil, humillante o inútil… probablemente vosotros lo necesitáis también y mucho más que nadie.

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Publicado el 12 julio, 2009 en Artematopeya, De todo un poco, Nacho A. Llorente, _Persuasión & comunicación. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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