Del poder de la flexibilidad o de cómo conseguir hacer quebrar tu propio negocio si te esfuerzas lo suficiente

gambrinus

Como todos los sábados, me gusta levantarme, dejar todo manga por hombro en casa y bajarme a desayunar a algún bar para disfrutar de un par de cafés, para ojear un par de periódicos y para empezar el día bien fresquito debajo de un buen aire acondicionado. Del par de cigarritos que también me fumo prefiero no hablar. Debería ir pensando en empezar a terminar con ese hábito adictivo, venenoso y maloliente.

Para no romper con la costumbre, hoy he seguido la misma rutina y el viento me ha llevado, mira tú por donde, a una Gambrinus que me queda cerca de casa. Son las doce y poco. Un poco de manía ya le tengo a todo lo que huele a franquicia pero la mañana me ha pillado despistado y he terminado sentado en uno de esos toneles con cristal que hacen de mesa. Nadie en el bar. Todos los toneles vacíos.

Una camarera fría, estirada, seria, energéticamente muerta y sin músculos en la cara ha tardado más de diez minutos en acercarse.

– Un café con leche y una tostada de tomate.
– ¿Una tostada?
– Sí.
– ¿De tomate?
– Sí.

¿Me estaré olvidando de hablar español?

Continúo leyendo el periódico. Viene mi desayuno. La camarera muerta vuelve detrás de la barra y apoya el culo en el mostrador. Me zampo mi tostada. Bebo mi café. Enciendo mi primer cigarrillo. Tsop, fuuuuuuuuu. Le hago una seña a la camarera muerta. Me mira con desgana y me responde con un impertinente “¿qué?” sin hacer el más mínimo gesto de acercarse. Ya está. Siento cómo se me empieza a agitar el limón en las tripas. “¿Me pones otro café y otra tostada?”, le digo en un tono lo suficientemente inaudible como para que no entienda lo que le estoy diciendo. Se acerca.

– ¿Qué quieres?
– Me pones otro café con leche y otra tostada, por favor.

Con una creciente sonrisa y tras un breve silencio, le escucho decir con una inesperada actitud de satisfacción: “no” y, de repente, ha vuelto a la vida. Se ha quedado mirándome.

-¿Cómo has dicho?
– Que no.
– Pero, ¿cómo que no?
– Es que después de las doce y media no servimos desayunos.

Y me ha señalado un cartel colgado de la pared. He mirado el reloj. Eran las doce treinta y cinco.

– Bueno. Entonces, ¿me cobras?

Y le he puesto la VISA en el platillo. 

– Perdona –me ha dicho incrédula y ofendida– pero no me vas a pagar 2,50 con tarjeta de crédito.
– Es que –
le he contestado– después de las doce y media sólo pago con tarjeta – y le he señalado la pegatina que VISA que adornaba la puerta.

Se ha vuelto a morir delante de mis narices. ¡Qué mala cara se le ha puesto a la pobre!. No voy a contar el resto de la conversación; sólo que, mientras llegaba junto a mí el orondo jefe, he sacado las monedas y la tarjeta de débito y he puesto todo bien visible encima del cristal del tonel. Al final, me ha tenido que cobrar con la Visa. A mí me ha costado un pequeño interés bancario pero al señor éste y a su empleada les ha costado, además de su propio porcentaje, una dosis de mala leche agria y un par de horas de mal humor. Por inflexibles.

En nuestros seminarios sobre motivación y crecimiento personal y en nuestras sesiones de coaching siempre enfatizamos la importancia de dos factores esenciales para garantizar la sintonía personal con la mejor actitud  posible en relación con todo lo que hacemos en la vida: la flexibilidad y la congruencia. No estamos descubriendo nada nuevo. Millones de modelos que ya existen, entre otros la programación neurolingüística, se han hartado de explicar que esta sencilla elección personal, la de ser flexible y capaz de adaptarse a las circunstancias que nos rodean, es la mejor garantía para una vida positiva y en constante crecimiento. Dos de las preguntas clave de la PNL aplicada al coaching y del sleight of mouth o cambio de creencias mediante el lenguaje son:

¿Quién lo dice? ¿Según quién? ¿Dónde está escrito?
y
¿Por qué tiene que ser así?

Las creencias limitadoras o actitudes personales estériles son como los icebergs: esconden bajo la superficie mucho más de lo que muestran. En ocasiones, aprendemos reglas o juicios emanados por terceros que incorporamos estúpida y voluntariamente a nuestro archivo mental de creencias sin haber decidido previamente si nos sirven, si son adecuados y si nos hacen algún tipo de bien aunque sea mínimo. Convertimos lo que dice en un papel lleno de garabatos, que no deja de ser un trozo de materia física que no significa nada, en una creencia limitadora y hacemos que una nada se convierta en una realidad que puede llegar a hacer cambiar nuestras vidas en direcciones innecesariamente complicadas, negativas, inútiles y degradantes.

Ponte por un momento en la situación hipotética de que el dueño de esta franquicia de Gambrinus fueras tú. ¿Estás seguro de que querrías permitirte el lujo de dejar de generar ingresos entre las 12,30 y las 14,00 horas sólo porque el diseño de la franquicia que tanto te cuesta pagar cada mes especifica que al utilizar la técnica del tiempo limitado un eventual cliente tenderá a adaptarse o a reemplazar su consumo por el que esté disponible aunque sea más caro?. La realidad es que un bar es un buen negocio aunque el factor del éxito no es ni la carta ni la música de ambiente ni las manos de la cocinera. El secreto del éxito está en la flexibilidad, en la capacidad de adaptarse al entorno, en la actitud y en la sincera voluntad de aportar siempre algo positivo a las personas con las que te relacionas (beneficio mutuo). Te aseguro que, si yo tuviera un bar, lo tendría lleno las 24 horas.

Si no tienes ninguna intención de sentirte feliz por hacer algo que te gusta, por relacionarte con personas, por ingresar dinero para poder disfrutarlo después, por hacer que la gente se sienta agusto en tu local y vuelva y se deje la pasta… Si trabajas en un bar sólo para mostrarte como un borde, para estar de mal humor y para generar mal rollo a tu alrededor, ¿para qué coño trabajas en un bar?

De momento, apúntate estas preguntas y tenlas a mano para poder cuestionarte a ti mismo cada vez que te tropiezes con una creencia limitadora, ya sea tuya o de otros. Y de la congruencia hablaremos otro día…

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Publicado el 11 julio, 2009 en Artematopeya, Con la lengua depilada, De todo un poco, Nacho A. Llorente, _Persuasión & comunicación. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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