Menudo morro…

EL SECRETO

Es rematadamente normal que este producto, El secreto de Antena 3, esté generando polémica y fanática legión a partes iguales. Unos cuantos empresarios adultos que se convierten (disfrazados de voluntarios sociales) en turistas de la miseria durante una semana; un ramillete de ONGs y desahuciados con necesidad permanente de ayuda; hipos y lágrimas entreverados con mocos al descubrir los segundos que el primero no es un voluntario sino un empresario que va a solucionar sus vidas mediante ayudas económicas o logísticas. Listo. Una acción publicitaria millonaria que beneficia a Antena 3 en datos de audiencia y en ingresos publicitarios, que también beneficia al empresario de turno mediante una campaña de posicionamiento de imagen que paga religiosamente aunque de forma encubierta dentro del propio programa mediante el eufemismo de las ayudas y que también beneficia, por supuesto y ya estaría bueno, a los protagonistas desesperados de historias difíciles y vidas complicadas. Cada uno se lleva lo suyo.

Qué duda cabe de que este escaparate es mucho más que bueno no sólo para ONGs y voluntarios de la vida real, sino también para todos aquellos a los que prestan su ayuda. Es cierto que El secreto puede ayudar a que empecemos a ver a ciertas personas con ojos más limpios y menos prejucios. Pero el resto del espectáculo es repugnante. Esto es la televisión. Un empresario que descubre (ante las cámaras) que tiene sensibilidad y que puede llorar a moco tendido contando cómo se da cuenta de que ha vivido en un palacio de oro y que la vida no debería ser tan injusta. Pues si. La vida es injusta, entre otras cosas, por el sistema que estos empresarios y otros muchos como ellos se empeñan en salvar, en seguir alimentando y en seguir cuidando. Es un doble discurso repugnante porque es hipócrita además de manipulador.

Ayer le tocó el turno a Marco Aldany, un exitoso empresario de la peluquería cuyo negocio no es la peluquería, sino la franquicia. Marco Aldany no tiene 4.000 empleados, como se empeñaba en recalcar la locución, sino sólo un pequeño puñado de personas que forman el equipo base de su firma (del que forman parte, además, sus dos hermanos y su madre) y después miles de franquiciados de los que dependen, a su vez, miles de empleados que trabajan a turnos en condiciones más bien precarias. La firma Marco Aldany franquicia su marca y sus “sistemas de gestión” a empresarios locales que pagan un cánon anual y actúan como correa de transmisión en su región. Sus locales de peluquería no son empresas al uso. Son simples locales contenedores con un logotipo en la puerta, sillones de peluquería y la obligación de exponer y vender productos de la marca. A partir de ahí, lo que quiera el empresario local franquiciado: o contrata peluqueros o se los busca autónomos; en este último caso, a veces tienen que proporcionarse su propio material (tijeras, cortapelos, etc) y trabajar por turno cuando le toque y además dejar al franquiciado una parte de lo que cobra por cada cliente al que atiende. Un negocio redondo para Marco Aldany pero no tanto para sus franquiciados y, mucho menos, para los pobres peluqueros.

Hablando de los franquiciados: parece ser que una cláusulas del contrato de la franquicia Marco Aldany es tan abusiva que abilita a la firma a quedarse, por el morro y sin pagar un sólo euro, los locales que no puedan cumplir con los pagos del canon. Se cuentan por cienes los empresarios locales que se han arruinado y se han dado cuenta demasiado tarde de que los contratos hay que leerlos muy bien antes de firmarlos.

¿Qué pasa en realidad con Marco Aldany y el fondo de capital riesgo que financia este negocio?

Lo malo de todo esto no es que el negocio de Marco Aldany sea la franquicia o que en todo este sistema se perciba un cierto toque de perversidad, de explotación y de malsana economía de mercado. Lo malo es que, como siempre, nunca se cuenta toda la verdad. Sólo la que interesa. Esto es el negocio de la televisión. Eso sí: quedó muy clarito que Marco pilota coches de rally y que preside una fundación benéfica que trabaja en la India. Qué majo el chavalito. Todavía me acuerdo de la peluquería con la que empezó su padre, en la calle Amor de Dios de Madrid, y a la que me tocaba acompañar a mi tía cuando yo era un renacuajo. Todo un personaje aquel José Fernando… cuya marca, JOFER, también hoy funciona como franquicia. Qué casualidad.

Yo me pregunto: ¿Por qué hay que admirar a personas forradas de pasta? ¿Por qué nos insisten con el argumento de que el éxito es éxito sólo si es económico? ¿Tiene necesariamente que conmover su caridad pagada, grabada y mostrada? ¿Por qué pueden generar puestos de trabajo cuando les están mirando pero no lo hacen por sistema si tantas ganas tienen de socializar su esfuerzo? ¿No debería ser motivo de bochorno y vergüenza que nuestra sociedad sea capaz de provocar tantas injusticias sociales y a la vez de crear programas de televisión como éste para mostrar como se solucionan, aunque sea contando la verdad sólo a medias?

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Publicado el 2 julio, 2009 en Artematopeya, De todo un poco, Nacho A. Llorente, Trastos y cachivaches. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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