¿Como manda quién, dices?

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Me tiro de la cama. Me afeito. Me ducho. Me visto. Salgo de casa. Fumo. Conduzco hasta el centro. Me despierto. Me siento en mi mesa del bar de siempre a desayunar. Son las 7,30 y estoy obligado a escuchar un informativo a un volumen atronador si quiero tomar un café. Son las 8 y estoy obligado a dar un rodeo de 20 minutos entre polvo, ruido, maquinaria pesada y gente vestida de mono azul que se multiplica como champiñones si quiero poder aparcar el coche en mi parking. Son las 9,30 y me reúno con una agencia empeñada en que organice mi trabajo de modo que se adapte a su propia organización si quiero tener el honor de que trabajen para mí; de que me facturen y hagan lo que se les canten las pelotas después, quiero decir. A las 11,30 salgo a tomar un café y escucho, quiera o no, el monólogo de dos amigas en el que una habla sin parar sobre las obligaciones incumplidas de su novio y la otra termina renunciando a aconsejarle lo que tiene que hacer y se limita a poner cara de circunstancias. Sobre las 12,00, atiendo una llamada de teléfono y resulta ser alguien que habla demasiado y me veo obligado a colocarme el auricular entre el hombro y la barbilla para escuchar algo más cómodamente e intentar al tiempo ir haciendo algo de provecho. A las 14,20 me llama un amigo para echarme la bronca porque he escrito algo que no le ha gustado y quiere darme la oportunidad de que lo cambie para que él pueda estar satisfecho. A media tarde, el departamento de portabilidad de Movistar me llama para informarse de por qué se me ocurre cambiarme de operador y pasarme a Vodafone…

Hasta las 19,00 no me cruzo con alguien que no me impone ningún su propio modelo de mundo, su software mental personal. Y ha tenido que pasar un 79,1% del día. Ese alguien es, por supuesto, único e irrepetible. Alguien capaz de amalgamarse  en las vidas de otros sin imponer deberes ni procedimientos. Alguien capaz de escuchar, de ofrecer energía y vitalidad en lugar de reclamarla. Alguien que acepta, sobre todas las cosas, que el resto de individuos de la humanidad es libre para hacer lo que le dé la santa gana, esté bien o no. Alguien que respeta las elecciones personales. Y, además, alguien que está ahí absolutamente todo el tiempo de una manera o de otra y que se ocupa de que te des cuenta de ello. Alguien que sólo pide una cosa: poder hacer exactamente lo mismo y no ser reclamado por ello. 

Puede que no lo hayas pensado nunca, pero las estadísticas virtuales de la experiencia dicen que muchas, por no decir la mayoría, de las interacciones que puedes ver por ahí se basan en que cada uno vuelca sus frustraciones, sus imperfecciones y sus paranoias en los demás, generando relaciones basadas en el reclamo y en la demanda de que otros cumplan con las obligaciones que uno les imponga. Se pide demasiado de los otros y casi nunca se empieza por ofrecer. Y así no vamos a ninguna parte. No es raro que a la artematopéyica tribu de los que somos libres nos llamen insociables. Y una mierda. Es sólo que no somos ni mentirosos ni sociales ni nos vestimos de domingo para impresionar a nadie. Somos muchos y casualmente nos llevamos muy bien con todo el mundo. Incluso con todos esos pelmas que se empeñan en que tenemos que vivir según su propio modelo de mundo o con esos otros que se sonríen cuando están juntos y se apuñalan por la espalda en cuanto se separan.

En realidad, lo que no soportan es el sentido de la individualidad, de la actitud de libertad e independencia y de la elección de vivir cada momento a tope y de disfrutarlo con quien te dé la gana. No permitas que te hipnoticen con la alucinación de que existe un guión predeterminado según el cual estás obligado a vivir, de que hay compromisos y obligaciones que son más importantes que tú mismo. Básicamente, la única regla es: haz lo que te dé la gana, sea lo que sea, sin joder a nadie y serás la persona más feliz del mundo. De tu mundo. Sólo se vive una vez. Ya está bien de eso no se hace, eso no se toca, eso no se dice…

¿Vas a permitir que te amarguen la vida con imposiciones, acciones, costumbres y creencias de todo tipo cuyo único objetivo es, precisamente, controlarte y manipularte? Tú verás.

Por cierto, destierra de tu cerebro y de tu lengua la locución “como dios manda”. Dios no es más que una palabra vacía creada para mangonear a las personas y al que muchos califican de invisible para soslayar el argumento de que en realidad no existe. Así que dios no manda nada. Y tú eres absoluta y totalmente libre para hacer lo que te haga feliz. 

¿A QUÉ ESTÁS ESPERANDO?

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Publicado el 4 junio, 2009 en Artematopeya, De todo un poco, Nacho A. Llorente, _Persuasión & comunicación. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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