A mi amigo Juan Carlos le pitan los oídos

JUAN CARLOS

Mi amigo Juan Carlos es un auténtico y real cachondo mental. A flema no le gana ni Carlos de Inglaterra. Y, sino, confer la final de la Copa del Rey. Dos equipos de los territorios ocupados del País Vasco y Catalunya enfrentados por una copa por la que son capaces de pagar primas, sobornos, putearse enconadamente y brujulear por la espalda al mejor estilo Richelieu (digamos que una copa como ésta es mucho más importante por el rédito económico, publicitario y mediático que por el propio prestigio deportivo) y ahora me vienen con que si la abuela fuma, con que si vamos a cebar a las aficiones para convertir el evento deportivo en una declaración de principios (bastante estúpidamente, por cierto — la declaración, que no los principios) y con que vamos a ensuciar, sin que nadie nos lo haya pedido, el deleite pan-nacional de ver jugar a ese aparato deportivo hecho arte llamado Fútbol Club Barcelona. Por lo que a mí me toca, y por mucho que se empeñen unos pocos de estos molestos hinchapelotas, no van a conseguir caerme mal ni los unos ni los otros, ni que reniegue jamás de que Catalunya y el País Vasco son ambas dos regiones de naturaleza y cultura ricas y alucinantes, de gastronomía sublime, de gentes absolutamente agradables y cálidas (que lo son) y de un mundo personal de ideas y valores que valen su peso en oro.

Yo creo que a Juan Carlos, al igual que a mí y a 44.999.999 españoles más, le pasa lo mismo a nivel tripas y por eso apenas se inmutó cuando un estadio de fútbol, casi al completo, le dedicó una sonora pitada aprovechando el momento del himno para boicotear la copa y acaparar minutos de televisión sin pagar un sólo duro, por cierto. Para mí que el jefe de deportes hizo bien doblando el audio y cortando la transmisión. Si otros anunciantes tienen que pagar por ocupar minutos de televisión, ¿quién son esos retrasados para que yo les tenga que pagar su campaña de mi monedero?

Si quieren hacer campaña publicitaria con sus gilipolleces (democráticamente aceptables, por supuesto, pero más anticuadas que los tapetes de ganchillo de mi abuela), pues que paguen como los demás.

Y hablando de Juan Carlos, le joda a quién le joda, es una institución recogida en la constitución como cualquier otro edificio público. Es un error de ignorantes mirarlo como un cuerpo de carne humana, porque no es más que una identidad institucional. ¿Que nos salen un poco caros Juan Carlos y Cía?. Pues puede que así lo parezca, pero la realidad es que su reconversión en profesionales de las relaciones protocolísticas tiene su utilidad. Y, mientras lo diga la Constitución, hay que dedicarle (a Juan Carlos por Rey Constitucional y al resto de la tropa por educación pero sin pasarse) el mismo respeto que el que le corresponde a cualquier parlamentario o que cualquier Ministro. Y, el algunos casos, más, visto el ministro o visto el parlamentario.

Más allá de su habilidad política en un momento determinado, el Rey y su familia se han reconvertido, al menos en público, en una empresa de relaciones públicas de España muy bien engrasada, dedicada y profesional. Muchos sectores empresariales se ven directamente beneficiados por su trabajo de internacionalización de la piel de toro. Seguro que demasiados imbéciles de los que le hacen la señal del cuchillo al cuello trabajan y comen gracias, en parte, a Juancar y a Sofía. Además, cumplen con la importante función anestésica, que en nada se diferencia de la que cumple el mismísimo fútbol o las carreritas de Alonso, de mantener a la gente agilipollada con memeces como la ropa que usan o las monerías del nieto de turno.

¿Sabes el número de periodistas, cámaras, redactores, presentadores, productores de celulosa de papel, imprentas, fotógrafos, conductores de furgonetas, kiosqueros, productores, etc. que se quedarían en la calle si no existieran Juan Carlos y su prole? ¿No es de agradecer que haya un puñaíto de personas que no pongan problema a que les miren, observen, escudriñen, critiquen, insulten, sobetéen y manoséen las 24 horas del día sin decir ni pío? ¿Acaso tienes idea de cuanta gente se forra indebidamente con la excusa del protocolo, del que pocos sabemos de verdad por formación y por trabajo pero del que todo el mundo habla porque protocolo suena a oseaquetecagas y a yo también quiero ser un imbécil como ése, aunque no hagas más que decir estupideces como ese individuo llamado Josemi Rodriguez Sieiro que está en demasiados programas de televisión, en demasiados programas de radio y en demasiadas revistas vendiendo su protocolo de banquete de bodas y sus buenas maneras de burgués hortera y analfabeto? ¿Por qué se hace todo el mundo el estupendo con que venga república y fuera monarquía si todos, TODOS, miran esos programas, escuchan esos programas y compran esas revistas?

Venga, coño. Que para ser moderno hay que cambiar de discurso, quitarse la boina y sacarse el palillo. Y si lo más moderno de lo que somos capaces es abuchear a Juan Carlos y reclamar una república anticuada y con olor a calcetines sucios… Qué lástima de país, a veces.

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Publicado el 16 mayo, 2009 en Artematopeya, Con la lengua depilada, De todo un poco, Nacho A. Llorente. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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