Cuarto y mitad de Bandler

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En lo que él hace, sea lo que sea, Bandler es, definitivamente, el mejor.

Siempre me he preguntado, sin haber hallado aún respuesta, por qué los americanos se empeñan en venir a vendernos sus productos, a los españolitos modelo Mr. Marshall (con punto detrás del míster, obviamente), con su yanquimárquetin de hamburguesa repugnante y esa posturita de barbie superestár con séquito de supernenoides (que, por cierto, suelen trabajar gratis por el honor de respirar el monóxido de carbono que expele la rutilante estrella) y que darían la vida por su monotéo. Aprovecho aquí para disculparme por mi irregular uso de las reglas del español, pero el español también es mío y lo uso como me da la gana.

Lo mejor de todo es que me he pasado media vida trabajando en la órbita americana, cuando no el el núcleo, y no tengo pudor en afirmar que casi todo lo que esta circunstancia ha aportado a mi vida es mucho más que positivo, sin olvidar mis paseos con gabardina sin botones por manjátan, la cálida guarida de Midhat y familia en la 86 con Broadway que fue mi casa y ese teatro americano de la segunda mitad del siglo XX, fuente inagotable de goce y disfrute para mis tripas. Pero toda esa mugre sensorial del selling US (quiero decir: United States) me pone un poco del hígado derecho.

Creo haber contado aquí, en algún post anterior, que hice migas con la PNL, por primera vez, hace unos 20 años en una bodega de Sanlúcar de Barrameda. Hoy, en 2009, Richard Bandler pisa por primera suelo español y, obviamente, no voy a dejar pasar la oportunidad de verle en acción sea lo que sea lo que vaya a perpetrar esta vez. Hmmm.

Como dice mi hermano, “creer o reventar”. No voy a discutir aquí si la PNL existe o si es sólo un invento para que unos pocos se tengan que reforzar los bolsillos para evitar que se les rompan con el peso de los billetes. No lo voy a discutir, no. Lo voy a afirmar: la PNL es y existe. Mira por donde: yo soy lingüísta y resulta que entre Grinder (la mitad lingüística y poco más de la PNL) y Bandler (la mitad cognitiva e hipnótica) me quedo con el segundo. No sólo es bastante más divertido y genuino en la praxis. Es que, además, es bastante menos pretencioso y también bastante más congruente.

Vaya, estoy cayendo en la tentación de posicionarme y no era esa la intención. La aportación de Grinder ha de ser importante si hasta Bandler lo reconoce (a pesar de su recurrente afirmación hipnótica “cuando creé la PNL hace algunos años“). Y no creo que se deba a que Grinder le tenga agarrado por las pelotas de algún modo. No es de los que tiene pinta de dejarse, si su estructura superficial es congruente con su estructura profunda. Se trata, de nuevo hablando de congruencia, de que la PNL es, literalmente, programación cognitiva y, por lo tanto, el trance es necesario. Algún otro día contaré algo sobre qué es el trance hipnótico (que no tiene nada que ver con lo que hacía Pepe Carroll en Telecinco ni con el control mental encubierto), pero mi conclusión después de 30 horas intensivas de seminario Bandler es que el pobre Grinder seguro que es una persona estupenda e inteligente aunque nunca ha dejado de ser el alumno. Por mucho que aportara su conocimiento sobre Chomsky y la gramática generativa, no dispone del carisma, la empatía, las habilidades perceptivas, el impacto emocional y la penetración hipnótica de Bandler. Estudiarle de cerca es comprobar, casi por primera vez, que es posible ver juntos y en acción todos los procesos instrumentales (uff) de la PNL. Ahora, los saltitos de Grinder sobre uno y otro pie no parecen más que una tontita broma infantil.

Lo que sí comparten, sin discusión posible contra la evidencia, es una desmesurada habilidad para los negocios.

Por cierto, nunca podré dejar de recordar que, por lo general, lo mejor es siempre ir a la fuente. Aprende inglés. Gástate la pasta y viaja a Orlando, a Los Ángeles, a Londrés… y estudia allí. Evitarás tener que compartir la irritación que provocan las personas que siempre llegan tarde, el insoportable ruidito de los tacones, los receptores de traducción que se caen al suelo a razón de treinta por hora, botellas de agua de cristal de litro y medio (esto es España, qué le vamos a hacer), los comentarios y bisbiseos estúpidos… ¿Es que los españoles no somos capaces de estarnos sentaditos, quietecitos y sin molestar durante 90 minutos seguidos?

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Publicado el 26 abril, 2009 en Artematopeya, Música y energía, Nacho A. Llorente, _Persuasión & comunicación. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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