Hamlet básico, verdadero y animal

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Londres. 1601. Teatro Globe. El aire apesta a fluídos humanos, a rancio. Humo, ruido, sexo, risas, apuestas. Burdel, juego y las pasiones más humanas compartiendo tiempo y espacio. Las furcias medran. Los caballeros isabelinos entran desatándose la bragueta. Todo está permitido. Sobre el escenario, los actores, el texto y el teatro en acción. El actor engola la voz para hacerse oír en medio del mercadillo de la animalidad. Es Hamlet.

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¿Acas0 puede destacar tu desnudez en un espacio en el que hasta 3.000 personas te observan mientras fornican? ¿Puede sorprender que Hamlet sea una mujer que muestra sus pechos cuando el siglo XVII era el oasis del sexo cambiado entre personas y personajes?

No se puede contar absolutamente nada sobre el Hamlet de Tomaz Pandur sin malograr la expectativa, la sorpresa, el sabor y el value for money de uno de los mejores espectáculos, si no el mejor, de los que he disfrutado en toda mi vida. Me reconcilio con la creencia de que mi propia visión del arte del teatro no era sólo mía. Gracias a los dioses. Podemos elegir entre lo espeso de que el teatro es contención, recato estilístico y mero trabajo individual o lo ágil, vivo y rebosante de una producción de teatralidad que no sólo amartille lo intelectual, sino que reconozca, acepte, incorpore y estimule todos los sistemas sensoriales por igual y pulse cada resorte para conseguir que el espectador se conmocione. 

Habrá quién, desde los límites de sus creencias, su intelecto, su acerbo cultural y su educación, se quede en la frontera de lo estilístico (¡qué bonita la escenografíaaaaa…!) o de un pudor ante el desnudo que no esconde más que doble moral y una frustración alienadora. Allá él (o ella). Cierto es que el diseño de producción y la dirección de arte merecen una ovación. No es una propuesta únicamente estética, que también. Es un trabajo magistral que, junto con todo lo demás, crea un conjunto exagerada, hiperbólica y magnificamente coherente y solvente y entrega a la dirección un instrumento afinado al límite de la mejor comunicación emocional. Emociones. Pasiones. Que no son, ni más ni menos, que la verdadera sustancia del teatro, del arte. A la mierda esa absurda intelectualización de todo. Shakespeare no es ridícula declamación; es pura tripa. A la mierda los que se empeñan en que Shakespeare sea un autor elitista, un argumento de legitimación social y arte mentirosamente elevado, como la ópera. A la mierda. Este Hamlet es más Hamlet que ningún otro Hamlet del mundo.

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Es el Hamlet personal de Blanca Portillo. Ojo. Y es también el Hamlet colectivo de su director. Pero, sobre todo, es el Hamlet personal de cada uno de los que nos sentamos a mirarlo. La venganza ha dejado de ser una aburrida y cansina etiqueta editorial para convertirse en un sencillo recurso argumental. Pandur ha dispuesto un apasionante aparato integral en el que Blanca resulta que es una mujer, y ese es también el sexo de su personaje. No es una mujer haciendo de hombre. Es una mujer haciendo de persona en un mundo en el que el sexo fisiológico no era una seña de identidad sino una simple herramienta localizada entre las piernas. Su discurso es otro. Es una observación del mundo, un diálogo interno convertido en palabras y un simple espejo de la realidad en la que vive. Es, de verdad, una destilación del binomio “ser o no ser” que no tiene nada que ver con la payasada de la calavera. Todo está permitido. La dualidad implica poder escoger cualquiera de los dos lados y ambos ni están bien ni están mal; cualquier elección es válida porque pertenece a cada uno. Y la vida es dual en todo.

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El espectáculo es un tour de force tanto para el elenco como para el público. Son 4 horas de continuada estimulación sensorial por los ojos, por los oídos y por la piel. Los actores, a pesar del desigual resultado, entregan todo al espectáculo. Y esta actitud merece un sincero agradecimiento.

Por favor, no dejes de verlo. Saldrás agotado, pero será una de las experiencias más involdiables de tu vida. Lamentarás no haberte llevado una libreta en la que haber podido apuntar, a pesar de que jamás podrías hacerte con todo, lo que querrías haber reflexionado, rememorado, interpretado o revivido después.

Y Blanca, siendo Blanca haciendo su propio Hamlet, sigue siendo la actriz más absolutamente acojonante de la galaxia.

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Publicado el 26 marzo, 2009 en Artematopeya, Música y energía, Nacho A. Llorente, Talento, arte y creatividad, _Persuasión & comunicación. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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