Cuéntame un cuento

Me acaba de llegar un correo con una historia breve. Quiere que lo postée aquí. Ahí va:

Son las 20:10. Estoy liando un Pueblo apoyado contra una pared y con el pie derecho descansando en un canalón bajo. Hace ocho años que vivo en Madrid y jamás había aterrizado en esta plaza. Me llama mi chache. Ha quedado en recogerme. Le cuento dónde estoy. Más bien, lo intento. Calle abajo, pero bien abajo, se deja ver el Paseo de Recoletos. No sé donde estoy y no conseguiré acordarme de esta dirección, pero sé que volveré muchas veces. Comienzo a caminar calle abajo.

– Chache, te espero en Neptuno, junto al Palace.

Me siento en un bordillo. No llega. Lío un Pueblo más. Me lo voy fumando. Dábale arroz a la zorra el abad. Anula la luz azul a la luna. Échele leche. Se verla al revés. Monja monja monja monja monja. No llega. Lío un Pueblo más. Me lo voy fumando. No llega.

Las bicicletas acaban de inundar el paseo. También hay patines… ¡y motos!. Neptuno se acaba de contagiar de movimiento y de vida. Y yo aquí, sentado en mi bordillo, disfrutando de mi cigarrillo liado y con una sonrisa de felicidad. Me gusta ver gente, pero sobre todo me gusta ver gente feliz. Me inunda de buen rollo. Y en aquel bordillo, mirando las bicicletas pasar con mi Pueblo entre los dedos medio a la francesa, la espera se ha convertido en una reflexión involuntaria sobre lo bonito. Cosas, lugares, momentos, personas bonitas.

!Psssssssssssss-ff!

Un autobús lleno de japoneses ha venido a detenerse justo frente a mí. Japoneses, chinos… orientales, no los sé distinguir. Han pasado veinte minutos, mi chache sigue atascado entre las bicicletas y cuando se abre aquella puerta hidráulica aparece la cara de un conductor absolutamente feliz y sonriente. Comienza la procesión de orientales. Cada uno se detiene un momento para saludar amablemente al chófer. Y para regalarle una sonrisa. Después, bajan del autobús y se van, ordenaditos y en fila, quién sabe adonde.

– Tienes suerte – le digo cuando el autobús se ha quedado vacío-. Has recibido unas cuantas sonrisas, no te quejarás.

– Son gente tan amable, tan cordial. Es un placer poder trabajar con ellos.

Qué poco cuesta ser amable y sonreir. Y qué bueno sería que todos tuvieran un trabajo en el que pudieran reir, sonreir y disfrutar.

PS: Hazme un regalo y opina lo que quieras. Nos vemos en la luz.”

Y firma el tarado de mi hermano, Luis Mottola. Te invito a que opines tú también, si te apetece.

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Publicado el 25 marzo, 2009 en Artematopeya, Música y energía, Nacho A. Llorente, _Persuasión & comunicación. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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