Tardes de Soberano y salchichón

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– Acabo de terminar de escribir una función de teatro.

– Ah, ¿si?

– Si. Es la historia de una ridícula soberbia muy desequilibrada que pierde demasiado el control y termina refugiándose en casa de su hermana, una pobre e infeliz persona normal. Se titula Un tranvía llamado Deseo.

– Pero eso ya lo ha escrito alguien.

– Bueno, es que lo mío, más o menos, va de lo mismo pero, total, qué más da. Sólo con el título, seguro que funciona.

No quiero extenderme demasiado, pero tengo que decir que, a pesar del esfuerzo y de la sincera intención, esta cosa llamada Días de vino y rosas no me parece más que un mejunge mediocre de buenas intenciones pero también de pésimas realidades. Lo que ví ayer resultó  peor de lo que esperaba. Por cierto, si la hubieran titulado Vuela conmigo (por ejemplo), podría haber colado…

Existe un hechizo colectivo que genera en el público una aceptación inconsciente de los actores, anulando el músculo crítico, el mecanismo de la opinión y el aparato de las sensaciones. Siendo sinceros: en España, el público se come lo que le pongan. Estamos pobres en cultura de la cultura. Hasta hace demasiado poco, nuestra industria del teatro se limitaba a los vodeviles-plantilla de Lina Morgan, a las piernas de ese estupendo trozo de carne conocido como Norma Duval, a humoristas de cabaret (además de estupendos actores) como Raúl Sender o a algún que otro musical con más o menos fortuna como El diluvio que viene o Jesucristo Superestar. Curioso, en un país como el nuestro, que supura poso creativo, literario y cultural en cada esquina. Ir al teatro se convierte, en la mayoría de las ocasiones y para la mayoría de la gente, en una casilla de la agenda. Se acicalan, se plantan los joyones y los abrigos de pieles y hala, a pintar la mona. Ayer, el Lara rebosaba de ese público, atraído probablemente por el magnetismo de un título y dos actores que, siendo sincero, jamás volveré a pagar por ver.

De Silvia Abascal ya lo sabía. De Carmelo Gómez no me lo esperaba. Nunca he visto dos actores con menos química personal, con menos química interpersonal y con un enfoque tan errado en la construcción de personajes. Y más siendo esos personajes. Carmelo Gómez, del de quien me desvirgué con La Cena hace ya rato, no me provocó más que verguenza ajena. Su expresión corporal es excesiva, desmadejada y en momentos demasiado ridícula. Y no se trata del personaje. No se vislumbra ni el esfuerzo ni el trabajo; menos, la calidad. Su herramienta vocal es flácida y pobre. Su naturaleza bonachona y descamisada pertenece a su yo personal; su expresión actoral es falsa, artificial y deja ver las tuercas y los tornillos.

Y de Silvia… bueno, diré que me encantó como le cae el pantalón negro y que lo mejor que entregó fue su deambular en tacones por el escenario. Pero alguien que le quiera debería avisarle, en serio, de que no le hace nada bien esa obstinación suya en engolar la voz en modo travesti que acaba de empezar a hormonarse. No hace más que reforzar sus habituales carencias expresivas, su sustancia de mármol. Y sobre todo si lo hace erráticamente, en momentos sueltos, fuera de la realidad y del ritmo vital del personaje.

Ninguno de los dos debería ser recordado ni aplaudido por estos personajes. Su interpretación es mecánica, sin emoción, vacía y autoindulgente. Y el ronquido es, simplemente, un suddenly vulgar y poco afortunado.

La propuesta de arte es adecuada, acertada y, en un punto, brillante. La adaptación original es opinable (yo, personalmente, no la elijo) aunque la segunda adaptación derivada (ésta) la elijo menos aún. David Serrano es un reputado escritor audiovisual, pero ese monólogo del que tanto se enorgullece me parece a mí no más que un pastiche insertado a destiempo y fuera de lugar. La pregunta es por qué disponer tal aparato artístico-técnico para rematar la faena con dos actores mal elegidos a pesar de ser populares (y hasta de tener algún premio en la vitrina) y con una dirección que termian resultando invisible y desenfocada. Tamzin Townsend tiene la suerte, con los tiempos que corren, de no dejar de trabajar. Pero lo cierto es que, después de lo visto, no he sido capaz de conectar con su creación.

Te invito de nuevo a que leas el texto teatral original (puedes descargarlo aquí) para que conozcas otra opción y elijas si Días de vino y rosas es, o no, otra cosa. Por mi parte, til samen e himlin con el original. Y el que diga que lo del Teatro Lara es Días de vino y rosas miente (o tiene las gafas sucias).

Carmelo y Silvia salieron tres veces a saludar. El teatro se caía abajo de los aplausos. Yo me levanté de la butaca helado de frío.

Por cierto, el cartel muy bonito.

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Publicado el 29 enero, 2009 en Artematopeya, Nacho A. Llorente, Talento, arte y creatividad. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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