La tronchante verborrea de mi madre

La pobre está convalenciente después de una ortopédica operación podal. Imagínate, una madre nacida en el 39 que a los cincuentaytantos se libera, se mete en politiqueos, en todo tipo de bailes y danzas por los copeteos colaterales, que callejea más que El Fary apatrullando la ciudad, que es más joven después de jubilarse que cuando se fumó el primer cigarrillo en uno de esos guateques de cine de barrio que se hacían en su época… ¿cómo puede aguantar una persona de la especie “madre” así, en casa y con la pata en alto, sin moverse?

En estos días, he triplicado el consumo de aspirinas porque no para de charlar y de mangonear aprovechándose de la situación mediante ese chantaje emocional que sólo las madres y las novias saben utilizar. A mi padre le tiene aburrido y hasta la punta del bastón. Menos mal que, de vez en cuando, nos deleita con alguno de sus inventos léxicos. Fnac se ha convertido en “el naf ése” y Decathlon ha sido unilateralmente rebautizado como “déclaton”. Tampoco están mal sus silogismos cinematográficos personales e intransferibles: no consiente en ir al cine “porque no me gustan los artistas” a pesar de que, obviamente, no conoce a ninguno porque hace años que no pisa un cine. Eso si, las cosas de “su Luisito” las ve todas. Pero lo mejor de todo es que, a la vejez viruelas y después de setenta años diciendo que “me da miedo el avión”, me viene hace poco con que “qué pena que no estuvieras más tiempo en Melilla haciendo la mili, porque hubiera aprovechado para probar a volar”. Pa matarla. Ella, a pesar de ser hoy una tía moderna, en su época fue una fan histérica de Raphael y trabajó con Balenciaga, el diseñador (quiero decir, el modisto) más conocido y reputado en aquella época socialmente prometedora pero pobre, rancia y repleta de señoronas de esas de la alta sociedad, supuestamente muy cultas y educadas pero ciegas y miopes o directamente complacientes con un régimen despreciable que limitaba la libertad y asesinaba. De esa época, el mejor recuerdo que guarda es una foto dedicada por Audrey Hepburn, para la que hizo (junto con otras compañeras) alguno de los trajes de My fair lady. Todo lo demás se lo pasa por el forro de ahí.

Es la típica madre plasta que todos tenemos. Pero es la ostia coja y sin cojear. Lo que ha hecho por mí no se lo podría pagar en cien vidas si tuviera precio. Así que, después de superar la década estúpida anti-madre que a todos nos agarra entre los veinte y los treinta, yo la cuido todo lo que puedo. Aunque no la soporte cuando me calienta la oreja preguntándome con mis cuarenta cuantas multas tengo o si me queda (en MI casa) suavizante para la lavadora %-[.

¡Maaama, hazme unas lentejas de ésas que haces tú!

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Publicado el 18 diciembre, 2008 en Artematopeya, Nacho A. Llorente, _Persuasión & comunicación. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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