Las diez (o más) trampas del mangiatutto

Vuelvo a la vida normal después de unos días de hospitalizaciones ajenas, gestiones diversas y asuntos varios. Estoy aturdido y agotado, pero no quiero dejar de contar una experiencia que me puso los pelos de pollo el pasado jueves sin ir más lejos: la de comer en un mangiatutto, uno de esos buffet-libre “come todo lo que puedas” que se están poniendo de moda en nuestras ciudades y que amenazan, junto con tantos otros negocios importados y multiculturales, con convertirnos en otra sociedad horterizada más al más puro estilo Joncón inundándonos de luminosos de neón, decibelios insoportables y un repugnante perfume a podrido como el que ya disfruta la Gran Vía madrileña, con sus putas baratas desdentadas y malolientes, sus macrotiendas de marca  y cienes de deambuladores tristes, enfermos y mangantes.

El mangiatutto es el paraíso de las pasiones bajas y del marketing estomacal más cruel y manipulador. Con un precio muy asequible (8,99 euros) por persona, el buffet libre es un buen negocio y genera sabrosos beneficios. Pero es un negocio, como muchos otros,  manipulador y perverso. Veamos por qué. Los mangiatutto suelen estar organizados como un gran comedor diáfano, repleto de mesas en el centro y mostradores con comida en el perímetro. A la entrada, las ensaladas y entrantes fríos. A continuación, el “guiso del día”. Finalmente, el café y los postres. Grandes carteles advierten: “all you can eat”. Un masticador humano, cuyo raciocinio se va degradando progresivamente a medida que se acercan las horas habituales de esa sana costumbre que es comer, camina desprevenido cuando… ¡ZAS!, es atrapado por un campo de tracción más potente que el de la Estrella de la Muerte. Las necesidades físicas de cualquier tipo son consideradas vergonzantes y tabú por la mayoría. Incluso la de comer. Comer en público, fuera del ámbito familiar, sólo se hace vestido de domingo, extremando el cuidado de nuestras buenas maneras (si no las tenemos, lo resolvemos levantamos el meñique cuando alzamos una copa de vino) y pagando un precio que incluye un coste de producción además de un coste aspiracional. Comer fuera es caro porque es un símbolo social.

Primera trampa: ¿Cómo es posible que exista un paraíso en el que no sólo puedas comer todo lo que quieras sino que, además, sea tan barato como un menú del día o incluso más?
Segunda trampa: la ruta del mangiatutto se abre con el tramo de las ensaladas.
Tercera trampa: el tramo de las ensaladas, a su vez, se abre con un importante apartado dedicado a enormes cantidades de lechugas diversas. Después vienen algunos vegetales (pimiento, pepino, tomate, cebolla, etc), toppings simples (maíz, guisantes, etc), toppings ilustrados (brotes de soja, tofu, queso blanco, taquitos de jamón, etc), platos fríos elaborados (ensaladilla rusa, patatas ali-oli, una especie de pisto frío, etc), salsas industriales hipercalóricas (mayonesa, rosa, vinagreta, etc) y, finalmente, toppings de lujo (croutons, piñoñes, pasas y otras zarandajas del estilo).
Cuarta trampa: la hora de pagar. Ya estás dentro. Ahora toca elegir mesa.
Quinta trampa: la ruta de camino a la mesa.
Sexta trampa: el salón.
Séptima trampa: el segundo plato o “guiso del día”.
Octava trampa: las propias trampas para acceder al postre.
Novena trampa: las máquinas para conseguir un café.
Décima trampa: la saturación de comida, personas y ruido a tu alrededor.

El pasado jueves fui testigo presencial de cómo funcionan esas perfectas maquinarias llamadas buffet libre y se me heló la sangre en las venas. Sentado desde un lugar privilegiado dentro del restaurante (una despistada mesa pequeña, ubicada junto a una columna y protegida del ruido y de los decibelios provocados deliberadamente por los recogemesas), asistí impávido a un espectáculo ridículo además de patológico. Dos estupendas y delgadas veinteañeras de muy buen ver (a pesar de sus indumentarias de chacha barriobajera y unos peinados calorros que ya no se ven ni en Gran Hermano), tras caer en la primera trampa del marketing estomacal, se colocan el bolso en el antebrazo y se disponen a encarar la barra de las ensaladas. Rugen sus barrigas. Caen en la segunda trampa: llenan sus platos de lechuga nada más entrar. El hambre acecha y la razón se bloquea. Enfilan el pasillo verde y comienzan a añadir sobre la lechuga, sin demasiado control, el máximo de ingredientes disponibles. A medio camino, todavía a la altura del pepino y de la cebolla, se dan cuenta de que en sus platos no cabe ni un alfiler. Es la tercera trampa: el orden de los ingredientes en la barra de las ensaladas es por valor creciente de coste. Pocos llegan a consumir los productos más caros que se encuentran al final del recorrido. A pesar de ello, el plato que llevan en las manos es ya una inhumana montaña de comida que saben que jamás podrán comer completa. No han podido poner ninguno de los ingredientes caros. A pesar de ello, continúan intentando añadir un poco más. De algo. De lo que sea. Es ensalada. La gran mentira de que la comida verde, por el simple hecho de serlo, es sana y no engorda mitiga cualquier ansiedad provocada por el sentimiento de culpa o la verguenza de ser visto comiendo.

Con el plato a rebosar, las dos modelos estilo corredor del Henares llegan a la estudiada ubicación de la caja. Una vez satisfecha la primera ansiedad alimenticia, la ocular, es un buen momento para reclamar el pago. Es la cuarta trampa: durante los segundos en los que la conciencia se ve desactivada por la salivación previa al momento de empezar a comer, la voluntad no es capaz de oponerse a pagar los 8,99 euros ni los 2,50 euros adicionales que les cuesta cualquier bebida. Y menos si, a una distancia prudencial, un nuevo reclamo avisa de la existencia de un “guiso del día” (quinta trampa). Vista y olfato exacerbados sin haber probado aún ni un solo bocado. Los instintos más básicos en acción. Una vez rebasada la caja, ya no hay marcha atrás. Se dan cuenta de que (sexta trampa) tienen que caminar por un salón lleno de gente con un pantagruélico plato de comida en las manos para ocupar una mesa. Dos niñatas con cuerpazo cuya reputación se puede ir al cuerno por haber sucumbido a los instintos animales que todos tenemos (y mucho más los bulímicos) pero que no nos gusta mostrar. “Bueno” – se dicen -“¿qué más da?. Todos los demás están haciendo lo mismo. Aunque… ¿cuando he comido yo tanto?“. Y, de camino a su mesa, pasan por fin junto a la barra del “guiso del día”. ¿Sabes lo que era el guiso del día? Séptima trampa: porciones de pizza medio viudas de ingredientes y cualquier parte del pollo (muslos, pechugas, alas) preparadas al grill y acompañadas de patatas, pasta o algo similar. ¿Desde cuando esto es un guiso? ¿No debería ser anunciado como “platos calientes”?

Y, ¿por qué – alguien se preguntará – el salón también es una trampa (la sexta, en concreto)? Pues porque en ese momento cualquiera  debería darse cuenta de que el enclave está diseñado para provocar el máximo de molestias (abigarramiento del espacio, música a volumen excesivo, constante ruido de platos alrededor, personal – décima trampa – que deambula entre las mesas haciendo ruido e incomodando a los clientes mientras no dejan de retirar montañas de comida desperdiciada que resulta repugnante sólo con verla, siempre más clientes en el embudo de la entrada, movimiento, jaleo, ruido… ), destinadas a provocar la mayor incomodidad posible y conseguir inhibir cualquier consumo posterior. En muchos casos, lo consiguen.

En el momento de sentarse a comer, estas dos doncellas habían pagado 11,49 euros. El importe de lo consumido, calculado a ojo, no llegaba a los 2,50 euros (un embotellado industrial ronda los 70 céntimos y un puñado de verduras a granel no será más de 1,50 euros). Con lo que llevan en las manos cualquiera podría comer más que sobradamente durante dos días. Pero cual es mi sorpresa cuando compruebo que, al llegar a la mesa, ambas dejan apoyadas sus bandejas y, sin mediar palabra, se dirigen sin dilación a la barra del pollo y la pizza. Cada una carga su plato con cuatro muslos de pollo y algo parecido a un kilo de patatas de compañía. Coronan el plato con dos porciones de pizza por cabeza. No puedo creer lo que estoy viendo. Parece que no hubieran comido antes nunca o que hoy fuera el último día de la vida en el que iban a poder comer. La visión es, sencillamente (y pido disculpas por repetirlo tantas veces), repugnante.

Aprovechando que ya han empezado a comer, hagamos un recuento de gastos. El pollo y la pizza, también a granel, no más de 2 euros. Ya vamos por 4,50 de coste contra 11,49 de PVP. Obviamente, después de todo esto, es absolutamente imposible que puedan comer nada más a pesar de haber dejado más de la mitad de la comida servida, ya abandonada y maltratada, en los platos. Literalmente, no les cabe. Pero me equivoco. Enfilan la barra de los postres. Es (octava trampa) la más pequeña, la más incómoda, la más innacesible (¿cómo puede alguien acceder a los cuencos de la fruta cuando están protegidos por un metacrilato cuyo diseño, literalmente, atenta contra las articulaciones naturales de la anatomía humana?) y, además, los recipientes para servirla no son más grandes y hondos que un plato de café. Después de haber demostrado sus dotes de contorsionistas, las  niñatas consiguen hacerse con un par de recortes de una cosa parecida a la piña. Su intento de acceder al café se ve, sin embargo frustrado por la dificultad de una máquina diseñada para ingenieros industriales….

Este post se ha alargado demasiado y además me está poniendo de mal humor. Déjame sólo que termine contándote que, si hubieran consumido la fruta (una ración decente) y el café, el coste de producción por cada una de ellas hubiera sido de unos 6 euros y el precio de venta 11,49. Casi un 50% de beneficio. Lo cual está muy bien para el negocio. Pero sigo pensando que pagar 9 ó 10 euros por una comida casera, mucho más variada y saludable, en un lugar más pequeño y más tranquilo, no tiene precio. Comerás una cantidad sana y razonable, en un entorno probablemente más tranquilo y sosegado, podrás disfrutar de un ambiente más casero y seguro que la calidad de lo que comes es realmente mejor. Y, cómo ves, mucho más barato: todavía te habrás ahorrado 2 euros.

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Publicado el 15 diciembre, 2008 en Artematopeya, Nacho A. Llorente, _Persuasión & comunicación. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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