Una pregunta en domingo

Y menuda pregunta. Aunque si hubiera sido en lunes tampoco hubiera cambiado nada.

Pablo, de apellido me-lo-callo y de profesión principal actor, y digo principal porque la vida es asín, se deja caer por casa para roerme un rato el cerebro con varios temas, entre los que se le cuela una pregunta:

– ¿De verdad crees que es bueno expresar tu opinión sobre alguien como Fran Perea, por ejemplo, con lo pequeño que es este mundo? Mira que nos conocemos todos y puede que te perjudique en futuros trabajos tuyos como director o guionista. Además bla, bla, bla…

Este tipo de preguntas me activan el resorte de la cristalidad más objetiva. Acabo de cumplir cuarenta años, mido dos metros cero dos, tengo una carrera entera (filología) y un poco de otra (psicología) y más de 3.000 horas de formación de postgrado multidisciplinar en todo lo imaginable incluyendo periodismo, comunicación, investigación social o ingeniería aeronáutica además de dos masters, hablo cuatro idiomas y puedo leer en seis, he viajado por gran parte del mundo desde los 19 años gracias a mi trabajo, tengo una biblioteca personal con unos 2.000 volúmenes y una discoteca de tamaño similar, soy creativo y activo, manejo ambos lados de mi cerebro adecuadamente, soy un computer-literate de pro a pesar de que mi generación es la del 68 y sólo me faltaría, para ser el hijo perfecto, casarme de una vez y tener la parejita, la casa en la sierra y una esposa perfecta a la que no soportar cuando le llegue la época de cortarse el pelo y empiece a comportarse como un poltergeist.

Gracias a todo esto, tengo un cerebro absolutamente libre. Y una vida más libre todavía. Estoy relleno de información y de vida y eso me otorga la capacidad de observar, analizar, valorar y elegir. Pero, sobre todo, de expresar lo que me apetezca. Aún así, soy de hablar poco. Pero si lo hago suele ser siempre en un contexto con el que interactúo porque me involucra de algún modo. Aunque no todo es lado izquierdo. Igual que, mecánicamente, productos como Silvia Abascal, Fran Perea, Paz Vega o Concha Velasco me resultan intragables e indigestos como consumidor de espectáculo y entretenimiento, otros como Blanca Portillo, Pepe Sancho, Penélope Cruz o Victoria Abril saben seducir por sistema mi lado derecho. Si, además, los miro desde un peldaño más arriba, el del profesional, los primeros me parecen aún más mediocres y los segundos aún más dotados “con el don”.

¿Que si me preocupa no volver a poder trabajar en televisión por haber expresado libre y abiertamente mi opinión, por ejemplo, sobre Telecinco? ¿En una industria (¿Industria? … ¡jua jua jua! … es que me da la risa…) en la que que no se respetan ningún tipo de regulación colectiva o individual, en la que la mayoría de profesionales se ve obligado a trabajar en condiciones indecentes y con unas retribuciones miserables, en la que cosas como la propiedad intelectual sólo existe para unos pocos?

Pues, la verdad, me chupa un huevo y la mitad del otro.

Aún recuerdo aquel proyecto en el que un avezado productor me sugirió que, a cambio de una remuneración bonificada en calidad de director y guionista, pidiera amablemente a los actores de mi proyecto que firmaran una renuncia a la retribución de sus derechos remunerados posteriores a la ejecución. Aquel proyecto, que habría generado un importante retorno económico por ventanas de explotación multiplataforma, compilaciones, micropagos derivados y etcéteras nunca se produjo. Porque ni firmé yo ni pedí a nadie que lo hiciera. Me volví a guardar el proyecto en el bolsillo. El mismo proyecto que después fue premiado en el Festival de Cine de Málaga 2007.

La televisión es un negocio comercial. Ni medio de comunicación ni leche merengada. Nada más. No me merece ningún respeto divino. Si alguien quiere que vuelva a trabajar en televisión, que me lo pague adecuadamente. A eso se reduce mi relación con cualquier empleador. Yo trabajo y el empleador me paga. Se acabó. Pero por eso no voy a mentir o reprimir una opinión sobre algo o alguien si procede que la haga. Como, por ejemplo, cuando pago una entrada por ver un espectáculo.

Yo seguiré escribiendo y dirigiendo. Eventualmente, se cruzará en mi camino la persona adecuada, aquella con la que me asociaré porque respetará mi creatividad y mi trabajo y con la que seguiré produciendo mis espectáculos teatrales y mis películas. Y a la televisión española que le zurzan.

Mientras, espero que Fran Perea haya dejado de ensuciar los escenarios y que Paz Vega haya sido expulsada de Hollywood por pesada, mediocre actriz y analfabeta. No es que no quiera hablar cuando le acercan un micro. Es que no sabe. Por mucho canalillo que enseño o por mucho que mueva el culo.

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Publicado el 25 noviembre, 2008 en Artematopeya, Con la lengua depilada, Nacho A. Llorente, Talento, arte y creatividad, _Persuasión & comunicación. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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