¡Jesús por Dios! Qué tarde…

Esta tarde he tenido que tomar una decisión específica de la categoría solteros: has congelado tantas lentejas y caldo como para que venga a cenar todo el edificio, has manchado todos los cacharros y recipientes que has conseguido recopilar vía descarado sise a tu madre y algunos amigos cocinillas, la olla tiene una capa requemada de más de un centímetro que eres incapaz de sacar ni con una rasqueta, no queda nada en la nevera más que cosas frías (¡con la que está cayendo!)… Sólo queda una solución lógica: comprarte un microondas para poder calentar algo de las toneladas de comida congelada que has acumulado en la nevera.

Que conste que yo tenía mi microondas como todo hijo de vecino, pero desde que mi hermano olvidó un día que había puesto a calentar un trozo de pan (no voy a contar como quedó el cacharro después de la explosión) y que a mí, con estas manitas que dios me ha dado, se me escapó un día un portacito y de repente la puerta se convirtió en giratoria… resulta que llevaba meses sin poder hacerme ni un café con leche, coño. 

Así que, ni corto ni perezoso, me he acercado a un centro comercial de esos que me revuelven el estómago pero por los que que no queda más remedio que dejarse caer cuando necesitas algunas cosas de esta moderna vida nuestra. Qué movida. Resulta que tienen microondas sólo de exposición. Si quieres comprar uno, lo piden al almacén y te lo acercan a casa en un par de días.

– Si ya se lo que me dices, chato – le digo a uno de esos tenderos con tirantes que no dejan de perseguirte según pones el pie en el lugar-, pero es que o me llevo el microondas ahora mismo o no ceno. 

– Ah.

– Ala, que me voy a la tienda de enfrente.

De camino, he aprovechado y me he regalado una minipimer que además incluye varilla, vaso regulado y… ¡TACHÁN!: un picador de cebollas. Estaba deseando tener un cacharrito de estos. No sé. Será un trauma infantil. Y luego pa ná; total, pa lo que cocino…

He arramplado con mi microondas y, de vuelta al parking, descubro que me han abierto (OTRA VEZ) el coche en los escasos diez minutos que he pasado en ese paraíso del consumo llamado El Corte Inglés (vaya, se me ha escapado). Me he cagado en todo lo cagable. Me han robado mi adorada mochila vieja y gris, con dos calzoncillos (limpios), un par de calcetines, mi polo amarillo favorito y un par de cosos para afeitarme y para mi higiene dental. El kit de emergencia que todo condenado a vivir en una ciudad de mierda como la mía (de momento no digo cual) ha de llevar siempre encima, por lo que pueda pasar. Que se le infecte la almorrana al que se la haya llevado.

Ya tengo mi microondas. Eso si, en qué coño estarán pensando los fabricantes cuando diseñan este tipo de tecnología casera. El puñetero horno lleva un cable de unos veinte centímetros. Literal. No me llega hasta ningún enchufe. Me veo calentando las lentejas con el microondas en brazos y la espalda encorvada. Lo que me faltaba pa mis dos metros de largo.

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Publicado el 25 noviembre, 2008 en Artematopeya, Nacho A. Llorente, _Persuasión & comunicación. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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