Y digo yo…

Si somos capaces de establecer una relación amistosa, afectiva y social con animales tan irracionales como los perros y hasta terminamos creyendo que nos entienden y que cuando les decimos “no hagas eso” dejan de hacerlo porque sólo les falta hablar, ¿de verdad necesitamos tantas prótesis en nuestras vidas? ¿Cuanto nos ayudan a comunicarnos todos los cacharritos que vamos inventando en este modelo de mundo supuestamente obsesionado por la comunicación? ¿No estamos preocupándonos demasiado del cómo y cada vez menos del qué? ¿No es verdad que cada vez tenemos menos que crear y que decir pero también que nuestros ordenadores, gadgets y tecnologías de consumo son cada vez más potentes? ¿Para qué? ¿Cómo es posible que sepamos manejar tan bien los procesos de comunicación del mundo digital pero que después sea casi un trauma, en el mundo analógico, hacer una suma simple o localizar una butaca en el cine o un asiento en un avión, incluso teniendo en la mano un trozo de papel que especifica fila y columna y que supone simplemente combinar dos coordenadas bidimensionales?

La masa es tonta. Es subnormal. Es discapacitada. Es paralítica. Está intelectualmente vacía. No sabe pensar, sólo sabe hacer y si está dirigida. Es de diseño. Es estúpida.

¿No es normal que, en estas circunstancias, los altos cargos que elegimos como responsables de decisiones que afectan a millones de seres humanos sean subnormales, hijosdeputa, irresponsables y ventajeros? ¿De qué nos quejamos, si cada vez todos somos más estúpidos, más torpes, más pobres y más incapaces? ¿Cómo coño van a avanzar nuestras sociedades si nosotros mismos no somos más que un puritito veneno?

Marta, intentando hacerme una finta para ver si me despisto y se me olvida un encuentro pendiente para disfrutar de dos centollos y unos vinos ;-), me ataca por Nietsche y su visión del “último hombre”: … el peligro de que nuestro tiempo dé a luz al más bajo de los hombres, al “último hombre”, aquel que se conforma con lo superficial, que no se conmueve ni por la muerte de Dios. A este tipo de hombre lo considera despreciable. ¿Y qué me va a parecer?

Menos mal que todavía quedan algunas Martas agazapadas por ahí. Son una especie en extinción pero demuestran que no está todo perdido.

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Publicado el 5 noviembre, 2008 en Artematopeya, Con la lengua depilada, Nacho A. Llorente, _Persuasión & comunicación. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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